relatos sonoros
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No. 1 Party Anthem

Para hacer de este relato un relato sonoro, dale al play antes de empezar a leer:

Y como un redoble, entramos los tres en el bar. El sitio no tiene nada de especial, las mismas caras y música de siempre. La cazadora de cuero me está matando de calor, así que decido quitármela y dejarla doblada en el reposacabezas del sofá que se acaba de quedar libre y que mis amigos se apresuran a ocupar. Marc y Luis se ríen a carcajadas en la punta opuesta, yo me inclino para intentar averiguar de qué, pero es inútil, la música está demasiado alta y Casablancas nunca tuvo el don de saber cantar bajito. El calor pegajoso del ambiente hace que me entren ganas de pedirme algo de beber y me dirijo a la barra, abriéndome paso entre conversaciones a gritos y movimientos de cadera más o menos afortunados. La camarera me da mi vaso de vodka con Red Bull y voy a echarme mano a la cartera cuando algo capta mi atención al otro lado de la sala. Es entonces cuando te veo sentada con tus amigos en un sofá idéntico al mío, con un vestido vaporoso que deja entrever tus piernas interminables y hace que el corazón empiece a latirme tan rápido que me entra la risa, ¿qué más me queda? Me digo que es inútil ni tan siquiera intentarlo, pero sin darle ni una oportunidad a mi mano para agarrar la copa, mis pies empiezan a moverse en tu dirección. Como si tu magnetismo traspasase lo metafórico y de verdad toda tú estuvieses imantada, atrayendo el metal de la hebilla de mi cinturón.

Consigo escurrirme entre algunos grupos y espero en medio de la sala como un idiota a que notes mi presencia, ya que ir a hablarte directamente de repente me parece la idea más absurda que he tenido nunca. Y en ese instante, como si me hubieses leído el pensamiento, levantas la cabeza y tu mirada se encuentra con la mía. A un primer momento estático de sorpresa, le sucede una sonrisa de oreja a oreja que te inunda la cara, y juro que nunca has estado tan guapa. Coges un paquete de cigarrillos y lo levantas señalando con la cabeza la puerta de salida que está detrás de mí y yo levanto el pulgar en señal de aprobación. Sin embargo, mientras observo cómo te vas acercando se me forma un nudo en la garganta y trago saliva, arrepintiéndome de no haberme tomado el vodka que a estas alturas seguro que algún avispado ya se habrá bebido.

Cuando estamos en el exterior, me preguntas qué tal todo y yo te digo que de pena, lo cual te hace reír. “Ya será para menos”, dices mirándome divertida. Te cuento que siempre he tendido a ser algo catastrofista, pero esta vez es verdad. Tú te limitas a llevarte el cigarrillo a los labios y darle una calada, lo que hace que me fije en la perfecta comisura de tu boca. Mientras ejerzo toda mi fuerza de voluntad para refrenar mi primer instinto de besarte, pienso que no me reconozco en este insulso cobarde y decido confesártelo todo.

Te confieso que desde esa noche no hay noche que no sueñe contigo, que la única razón por la que he salido hoy es la esperanza desgarradora que tenía de toparme contigo y que, aunque sea un ateo redomado desde que don Ramón me repitiera en numerosas ocasiones en la clase de catequesis que era un hereje e iba a arder en el infierno, creo fervientemente que el que nos hayamos encontrado esta noche solo puede ser una señal del destino. Tu expresión primero atónita se suaviza cuando sonríes bajando la mirada y, aunque la luz sea escasa, noto que te sonrojas. Pero ese punto a mi favor se descuelga cuando mantienes el silencio, adoptas una expresión seria y le das una última calada a tu cigarrillo para luego tirarlo a la acera y apagarlo con el zapato. Y pienso que ya está, se acabó, finito, que ahora me dirás que ha estado bien verme otra vez, pero que vas a volver dentro con tus amigos e intento consolarme con el hecho de que al menos he tenido las agallas de sincerarme contigo. Entonces, en ese preciso momento das dos pasos hacia mí y siento que haces que se detenga el tiempo cuando me sonríes y me dices: “Ay, chaval, tú no te enteras de nada, ¿eh? Aunque te haya quedado muy bonito, esto no ha sido ninguna señal del destino. Tu amigo Marc me ha dicho que hoy ibais a salir y que vendríais aquí.” Como no consigo reaccionar ni siquiera un poquito, me sentencias del todo cuando me besas y me dices sin perder la sonrisa: “Llevo una hora esperándote, idiota.”

Obra protegida bajo la licencia Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0

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6 Comments

  1. Ana Maria says

    ¡Sorprendente! que relato tan increible, te lo tenias bien calladito, que manera de escribir y sobretodo de llegar al lector!!!!!!!!!! Maria Germán y Ana Rodríguez ( Queremos mass!!!!)

    Me gusta

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