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Hay un hombre de las estrellas esperando en el cielo, su nombre es Bowie

Innovador, vanguardista, provocador, elegante, salvaje, extraterrenal, ese es David Bowie. La delgada línea que separa a los artistas de los genios es sutil y a veces irracional, pero una vez traspasada, los coloca en el limbo de la inmortalidad y ese es el pedestal que por derecho encumbra a Bowie. Londres modeló las múltiples caras de su poliédrica personalidad, música, arte y diseño singularizaron su personal modo de entender la música. Inconmensurable y osado es pretender recoger en un artículo lo que Bowie supuso para la cultura de este siglo, dejemos que sean sus palabras las que nos dibujen al artista.

Pasé los años de mi adolescencia disfrazándome y cambiando de personajes, sólo estaba aprendiendo a ser alguien.

Y Bowie aprendió. Desde su primer disco en 1967 la androginia, la teatralidad y la reinvención acompañarían  a Bowie para no separarse de él nunca más y Ziggy Stardust fue la excusa para crear un personaje ambiguo, perturbador y único. Considerado el precursor del punk o del glam proclama sin tapujos su desprecio al rock convencional. ¿Cuál es el límite entre personaje y creador? Quizás nunca lo hubo. Desafiando convencionalismos, su alter ego dio al glam una dimensión conceptual. Más allá de las lentejuelas y el hedonismo creó un modelo, un icono trasgresor de la cultura moderna, con estética de tacones, tintes en el pelo, maquillaje, lunares, y la perenne elegancia de su gélida mirada. Hunky dory es uno de esos álbumes que son obras de arte envasadas en vinilo, llena de intuiciones osadas, de vetas brillantes, de talento en esencia, infectada de imágenes sofisticadas e inimitables. Simplemente Bowie al desnudo.

Busco un vehículo, busco un paseo, busco una fiesta, busco un lado. Busco la traición que conocí en el 65. Cuidado con la mandíbula salvaje.”

Berlín, cosmopolita y underground provoca una catarsis personal en Bowie que se reinventa una vez más. Sobriedad, minimalismo y el exótico influjo de oriente sumergido entre sus notas que fluyen de instrumentos como el Koto japonés. Amasando pop, electrónica, vanguardia y el krautrock, sus sonidos se afilan, como una cuchilla que deja huellas en la piel, para tatuar en nuestra memoria nuevos paisajes sonoros. Armonías que se empapan de música experimental y letras que se oscurecen, como presagios apocalípticos de un cielo que se desmorona y que recoge en su famosa trilogía: Low, Heroes y Lodger.

Hago algunos trabajos de actuación de vez en cuando, pero no creo que se trate de una carrera. Es solo algo que se me atraviesa.”

Bowie roza con la canción China Girl,  delicadeza y elegancia, talento secuenciado, imágenes que son el preludio de su coqueteo con el cine. Su teatralidad y carisma impregnan colaboraciones como la excesiva y magnética cinta de Todd Haynes, Velvet Goldmine, la interpretación de Warhol en el film Basquiat de Julian Schnabel, su cameo en el musical Absolute Beginners de Julien Temple, o su aparición en la película de David Lynch, Fire Walk With Me. A pesar de lo irregular de su carrera de actor, existe para Bowie un film especial, donde se une el director más alienígena del cine británico con la estrella más marciana del rock: El hombre que cayó a la tierra de Philip Dick. Exhibicionista, temerario y divo, Bowie siente tras las cámaras el inmenso placer de poder reinventarse sin límites.

La gente de mi generación, y no hablo sólo de los Rolling Stones, se ha acomodado en una especie de limbo. Nadie se atreve a saltar sin red. Casi todos siguen haciendo la misma música que hace veinte años. Yo preferiría jubilarme antes que caer en eso.”

Y lo hizo. Pocas personas son tanto a la vez como Bowie: músico, intelectual, diseñador, pintor, incluso promotor de la carrera musical de artistas como Lou Reed, Iggy Pop o los Stooges y toda esta vorágine de canibalismo artístico acabo por necesitar del silencio. El tiempo se estira como la piel de un tambor y también lo hace en la vida de Bowie que ha pasado por todas las transformaciones posibles e imposibles. Guardando un silencio monacal y refugiado en su bunker neoyorkino ya no quiere saber nada de giras ni presentaciones en directo y solo nos regala esporádicas apariciones como la del 2005 junto a Arcade Fire. Poseedor de la libertad para hacer lo que le venga en gana, cuando le venga en gana, el artista respira, sabedor de que el público le espera, sabedor de que ya es leyenda.

A medida que envejezco, las preguntas se reducen a unas dos o tres: ¿Cuánto tiempo? ¿Y qué hago con el tiempo que me queda?” 

La respuesta llega con el anuncio de que a los 69 años sacará un nuevo disco, el mismo día de de su cumpleaños, con el título de Blackstar. Como no podía ser de otro modo rodeado de misterio y expectativas nos regalará a modo de adelanto una pequeña delicatessen en forma de single el próximo 20 de noviembre. Trascendiendo este estreno, por encima de críticas y reseñas, siempre él, siempre Bowie, el artista que cambió los dogmas musicales de su tiempo y que escribió: puedo sentir el aire / que un hombre no es un hombre / puedo ver en el cielo / y seguiré siempre ahí / caeré del cielo / y siempre seguiré ahí.

¡Y como la música solo cobra vida si es escuchada os dejamos nuestra particular lista de grandes clásicos de Bowie! ¡Disfrutadla!

Dadle al play para escuchar Life on Mars  en Spotify:

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