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Lithium

Nirvana-Lithium

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Llevaba dos días sin comer y no podía pensar en nada más. Las cosas ya no eran tan fáciles como al principio. La gente que quedaba había aprendido a defenderse y las sorpresas y los trucos habían perdido eficacia.

Para los curiosos: me llamo Zoe y me mordieron hace poco más de un año en el hospital. Supongo que puedo seguir diciendo que tengo treinta y dos años, aunque no había previsto que la piel de la cara se me empezase a caer tan pronto. Antes era enfermera y me encantaba la pizza. Ahora ya no voy en ambulancia. Tampoco como pizza.

Como decía los trucos ya no funcionaban igual de bien que al principio. Uno de mis favoritos tenía que agradecérselo a las películas. La idea consistía en moverme despacio y arrastrar la pierna como si la tuviera rota por tres sitios. La gente se asustaba al verme pero se confiaba ante la posibilidad de que llegara a alcanzarles. Y era justo en ese momento de calma aparente cuando yo aprovechaba para salir corriendo a por ellos. Unas veces gritaban, otras huían, otras gritaban mientras huían, y algunas veces no hacían ninguna de esas cosas porque les mataba un infarto y se quedaban en el sitio. Me hubiera encantado tener una cámara para poder grabar todas las reacciones que provocaba cuando salía corriendo. Aunque ahora que todo el mundo sabía que podíamos correr, cazar había perdido la gracia y los infartos se habían reducido considerablemente.

Era domingo y era enero, y yo sólo llevaba el uniforme que había dejado de ser amarillo hacía muchos meses. Pero no tenía frío, era otra sensación que se había perdido con el amarillo del uniforme. Marta y yo habíamos salido a buscar comida pero no estábamos teniendo suerte. Marta era cardióloga en mi hospital y la mordieron el mismo día que a mi. También era mi ex. Desde que lo dejamos sólo nos dirigíamos la palabra para mandarnos a la mierda. Ahora nos entendemos mejor. Supongo que es porque no podemos hablar. Y el sexo ya no es algo de lo que nos podamos arrepentir, así que se puede decir que tenemos una relación bastante equilibrada. Aburrida, pero equilibrada.

Habíamos perdido la mañana dando vueltas por un centro comercial que estaba más ordenado de lo que podría esperarse. Aprovechamos la visita: yo me llevé unas Ray-Ban negras y Marta cambió sus Vans por unas nuevas. Yo no me atrevía a cambiármelas, me daba miedo que al quitarme una, la zapatilla se quedara con mi pie. Había visto muchas veces a gente de nuestro grupo perder partes de su cuerpo con demasiada facilidad. Hacía un par de meses que Nacho, un tío con pinta de profesor de Filosofía, había encontrado una guitarra, había tocado Lithium de Nirvana y se había despedido de su mano derecha. Nadie quiso quedarse con la guitarra.

Aún me resultaba raro ir en bici por la M-30. En la carretera había coches, camiones, autobuses, motos, y hasta un tractor. Todo quemado, como los árboles. Como los edificios. Madrid estaba sellada por un muro de 100 metros de alto y era imposible pasar al otro lado, si te habías quedado dentro, te quedabas dentro. Al menos eso es lo que decían los carteles. El trayecto hasta el desguace donde estaban los demás nos llevó varias horas. Llevábamos allí una semana. Me gustaba ese sitio.

Cuando llegamos ya era de noche y la única farola que funcionaba no dejaba de parpadear. Si hubiera podido tirar una piedra sin que se me desprendiera el brazo, me habría cargado la maldita bombilla. Aquella noche no volvimos todos, y los que volvimos, lo hicimos sin comida.

El domingo había sido un fracaso del tamaño de África, así que me metí en mi coche, un Golf de color blanco de unos 20 años sin ruedas y con una lavadora en el techo. Probablemente el coche más viejo y más hecho mierda de todo el desguace, pero era el único que aún funcionaba. El único con la cinta de Be Here Now de Oasis encajada en el radio casete. Iba a juntar los cables -gracias al cine una vez más- cuando la luz de la farola se apagó.

Salí del coche y descubrí que no se había apagado. Nacho había perdido la paciencia y había tirado un martillo contra la farola. La mitad de su brazo izquierdo voló con el martillo. Después de tanto tiempo Nacho seguía sin entender el concepto de putrefacción. Cada vez tengo más claro que no era un profesor de Filosofía. Quizá fuese el ministro de Sanidad.

Hoy también es domingo. Estamos en mayo y hace sol y tenemos comida. Y es mi cumpleaños. Y echo de menos que Marta me mande a la mierda. Y quiero una pizza.

– FIN –
Obra bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0

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