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Pasado presente y futuro del cine independiente. Eterna salvación de una industria decadente

Escribe Marta Trivi

El cine, como todos los demás movimientos artísticos, ha estado y está influenciado por una serie de corrientes y estilos que se suceden en el tiempo. Pero además de un arte, el cine es una industria y, como tal, la inversión y el juego monetario ocupan un papel central en su desarrollo.

Arte e industria. Expresión y dinero. ¿Son estos elementos irreconciliables? El cine indie dice que no. Que tener un ojo puesto en la futura comercialización de la cinta no impide tener el otro fijo en el componente artístico y expresivo de la obra.

Pero, empecemos por el principio: ¿Qué es el cine independiente? Una búsqueda en Google puede dejarnos con más preguntas que respuestas ¿es cine de bajo presupuesto?, ¿es el cine de autor?, ¿se considera el cine europeo independiente o son sólo las comedias americanas protagonizadas por familias desestructuradas?

Nada de eso y un poco de todo a la vez. En primer lugar el cine independiente es cine off-Hollywood (esto se matizará más adelante), es decir, cine que se hace sin contar con el dinero de las grandes productoras y distribuidoras afincadas en Los Ángeles. Según esta definición, el cine asiático, el europeo o el latinoamericano serían cine independiente pero, evidentemente, no es así. Hay muchos países, entre los que se encuentra España, donde el estado financia el cine al considerarlo de interés artístico y cultural por lo que estas producciones distan mucho de ser independientes.

Debemos seguir afinando.

Dice la gente: el cine independiente, además de ser off-Hollywood debe ser “barato”, es decir, las películas indies deben de contar con un presupuesto ajustado, lejos del de las grandes producciones. Y es verdad. Es difícil encontrarnos con una cinta americana, producida fuera de la maquinaria de Hollywood, con un presupuesto mayor de 10 millones de dólares. Casi tanto como encontrar una cinta norteamericana comercial que baje de los 20, pero si una gran productora, por el motivo que sea, decidiera limitar su presupuesto a los 10 millones su cinta seguiría sin ser independiente.

¿Y por qué? Porque lo que en realidad define al cine indie, más allá de su independencia de Hollywood y de los modestos presupuestos, es la libertad. Libertad para el director, que puede trabajar sin un productor que lo controle, libertad para el guionista, para que pueda tratar temas que no son considerados de interés prioritario para la audiencia como la drogadicción, la homosexualidad o el mito de la familia y, sobre todo, libertad para experimentar; para utilizar recursos de forma transgresora y para jugar con la estética. El indie es la vanguardia. Su historia lo demuestra.

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Desde el mismo momento en el que el cine se convirtió en un producto de masas se abrió una brecha entre EEUU y Europa. El medio era el mismo pero la historia y la cultura de una zona y de otra hacía que se enfrentaran a él de forma diferente. Mientras que en Europa se quería jugar, experimentar y buscar los límites de aquel nuevo arte, en EEUU se ponía especial interés en rentabilizarlo.

En Europa se sucedían las vanguardias, primeramente ligadas a otros medios artísticos como la pintura (surrealismo, dadaísmo…) pero más tarde de origen puramente cinematográfico. Mientras que el Francia florecía la Nouvelle Vague y en Italia se hacían películas neorrealistas, los grandes estudios americanos centraban sus esfuerzos —y sus carteras— en grandes superproducciones protagonizadas por actores y actrices mundialmente conocidos, que se presentaban y mostraban en cines a lo largo de todo el globo.

Europa inventaba. USA comercializaba. Así fue hasta la década de los 60, cuando la maquinaria comenzó a fallar.

En 1963 el estrepitoso fracaso de Cleopatra, unido a la cada vez más exigua recaudación de las otras superproducciones, plantó en las productoras la idea de que el sistema tenía que cambiar. Por otra parte, los directores afincados en Los Ángeles exigían a su vez más libertad artística en sus creaciones.

Buscando mi destino (Easy Rider) es la cinta que vino a contentar a ambas partes. Financiada privadamente por Dennis Hopper y Peter Fonda está considerada la primera cinta indie americana de la historia. Las excelentes críticas obtenidas, unidas a los Oscars cosechados, abrieron los ojos a directores y productores por igual y la era del New Hollywood (pequeñas producciones Hollywoodienses de marcado carácter artístico) quedaba oficialmente inaugurada tras los estrenos de Cowboy de medianoche y Llueve sobre mi corazón.

Taxi Driver, Apocalypse Now, Blue Velvet o American Graffiti son algunas de las producciones de las que pudimos disfrutar durante los 15 años del New Hollywood, pero el estreno de Tiburón y, sobre todo, el de la primera cinta de Star Wars, pusieron punto y final a aquella época ya que volvieron a inclinar la balanza hacia lo comercial. Las productoras vieron que era posible volver a hacer mucho dinero con el cine. La publicidad y el marketing volvían a entrar en juego con más fuerza que nunca.

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Durante todo este tiempo, Sterling Van Wagenen, Charles Gary Allison y el actor Robert Redford habían viajado desde la soleada California hasta la vecina Utah para poner en marcha su sueño: una nueva industria cinematográfica, opuesta a Hollywood, donde los artistas gozaran de mayor libertad creativa. Así nacía el Sundance Institute (llamado así por el famoso personaje de Robert Redford The Sundance Kid) proyecto que terminaría culminándose en el actual Festival de Sundance.

Y fue gracias al instituto y al festival, en 1994, cuando tres directores, tan sólo con una película cada uno, sentaron las bases del cine (indie y comercial) actual y devolvieron la vida a una industria en agonía.

Primero Kevin Smith, con su icónica Clerks, nos enseñó que las personas normales y corrientes, siempre que tuvieran algo que contar, podían hacer una película y conseguir el interés del público. Frank Darabont, con Cadena Perpetua, nos recordó que las historias sencillas y bien construidas consiguen emocionar a los espectadores de todas las épocas y lugares y, por último, el genio Quentin Tarantino nos demostró en Pulp Fiction que los recursos y la experimentación son perfectamente asimilables para el público siempre que se presenten en el contexto de una obra de calidad.

Año tras año, a lo largo de los 90, el festival de Sundance dejaba claro que las pequeñas productoras ajenas a Hollywood, podían combinar a la perfección el arte y el marketing logrando productos rentables y con carácter.

David O. Russel, Paul Thomas Anderson, los Coen, Steven Sodergberg y James Wan, entre otros, son los directores que iniciaron sus carreras gracias al conocido festival, que entró en una leve decadencia temática y estilística cuando las grandes productoras Hollywoodienses compraron las pequeñas productoras independientes, las destruyeron y crearon filiales específicas para este tipo de cine. Así, las conocidas Miramax, Castle Rock Entertainent o New Line Cinema desaparecían para siempre, mientras que Sonny Pictures Classic, Fox Seachlight o Focus Feature, entre otras, veían la luz.

A finales de los 90, el cine indie volvía a unirse a Hollywood, tendencia que se ha mantenido hasta día de hoy a pesar de las críticas.

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En pleno 2015, cuando hacer cine es barato, fácil y está al alcance de todo el mundo, producciones de la más diversa temática y calidad pasan directamente desde el proyecto de kickstarter hasta los más de 2000 festivales independientes repartidos por todo el mundo. Hay mucho cine independiente, más del que el consumidor puede asimilar. El cine indie no es rentable. Al igual que pasa con la literatura, los directores, o aspirantes, se encuentran con la imposibilidad de vivir de su talento en un mundo donde el último blockbuster del verano ha costado la friolera de 250 millones de dólares.

Hay una burbuja en el mercado. Demasiada oferta para una demanda limitada y, mientras que unas voces piden a los artistas que dejen de hacer películaslos directores claman por su libertad de expresión. Y mi opinión es que debemos pararnos y aprender del pasado. Cuando el público se canse de enésimo refrito y de las idénticas películas de superhéroes que ahora están tan de moda, el cine independiente tendrá la respuesta. Allí es donde está el próximo Tarantino. No le pidamos que deje de hacer películas.

Este artículo proviene de nuestra web amiga El color del cine, para leer más artículos de ellos, podéis dirigiros a elcolordelcine.com

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