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La Novia de Lorca

“Callar y quemarnos es el castigo más grande que nos podemos echar encima”

Así lo sentía Lorca, y así lo demuestra también Paula Ortiz. La jovencísima directora que, tras debutar en el cine con De tu ventana a la mía, ha conseguido dignificar la magnitud de la prosa y el verso de Lorca al son de unos encuadres que rozan la perfección, una música que encoge y angustia el alma (compuesta por el japonés Shigeru Umebayashi, –In the mood for love-) y unas interpretaciones protagonistas y secundarias dignas de la admiración más profunda.

La-novia

La Novia nace de una de las obras más famosas y con más carga simbólica compuestas por Federico García Lorca, Bodas de sangre, la historia de una ceremonia nupcial entre dos amigos de la niñez que se ve interrumpida por un deseo y una atracción prohibidos de la novia (Inma Cuesta) hacia un antiguo amor, Leonardo (Alex García).

Y con esta premisa y bajo el halo ineludiblemente teatral de Lorca, Paula Ortiz consigue atrapar las palabras del poeta granadino y fusionarlas con una obra igual de pictórica que cinematográfica, sin abandonar los ejes de la coherencia. El producto resultante es una bellísima obra de una potencia visual inconmensurable, una cualidad que la directora ya venía demostrando en su ópera prima. El trágico destino que alberga la obra original se antoja aún más dramático a los ojos de Paula Ortiz. Y, gracias a su firmeza cinematográfica, el simbolismo de Lorca no cae en saco roto: la sangre, la luna, los caballos y los tonos ocres y amarillentos se dan la mano para guiarnos por la pasión, la amargura y el dramatismo de la historia original.

Sin embargo, a diferencia de la obra de Lorca, La Novia se aleja de cualquier entorno típico andaluz para llevarnos directamente al desierto turco; un desierto que se dibuja tanto en lo natural como en el propio alma de los protagonistas. Una aridez en la que descubriremos el potencial visual de la obra, y la maestría de su labor de fotografía; a destacar, el contraste de los tonos amarillos de la tierra en exteriores con los tonos blancos y azulados de los interiores. Este ejercicio que Paula Ortiz ya hacía en De tu ventana a la mía, se convierte aquí en uno de los pesos que mecen la balanza de la película. El otro, inevitablemente, es Lorca.

Y es que esta película no sería tan especial si tan solo la inundase esa abrumadora belleza visual. La Novia es única, es bella y es sincera porque además de todo lo ya mencionado, se ha sabido respetar el alma de Lorca, no sólo en los versos, sino también en las canciones populares y en los poemas cantados. Y, si nos permiten, La Tarara en boca de Inma Cuesta es otra Tarara… aunque en realidad, todo en boca de Inma Cuesta suena diferente. La actriz se deja la piel en “su novia” y las palabras de Lorca no volverán a sonar igual tras pronunciarlas ella. Inma Cuesta desnuda su alma frente a un papel que parece creado para ella y al que dota de una vida y un alma fuera de lo común.

¿Y qué si La Novia está llena de imágenes preciosistas y, quizá, pretenciosas? No es que tenga que ayudarse de una potencia visual ‘extra’ para justificar a Lorca, es que el mismo Lorca justifica en sus palabras esa belleza inabarcable:

“Callar y quemarnos es el castigo más grande que nos podemos echar encima”

Y La Novia no calla. Nos está hablando a gritos.

InmaCuesta

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