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‘La chica danesa’: academicismo y decepción

Tom Hooper, tras Les Miserables, repite dirigiendo a Eddie Redmayne en lo que parece ser ya un claro proceso experimental de transformación del actor. En esta ocasión, lo hace con una historia guionizada (precipitadamente) por Lucinda Coxon que, lejos de ser el retrato del problema real que supuso para Lili Elbe ser quien en realidad era, acaba por convertirse simplemente en un melodrama preciosista, escaparate de un periodo histórico y de la cultura popular de principios del siglo XX.

Basada en la novela de David Ebershoff, La chica danesa retrata el primer caso conocido de una persona que se vio sometida a una operación de cambio de sexo. Pese a que el tema principal es ya de por si determinante, la película de Hooper no acaba de cuajar todo lo física y emocionalmente que se le exige a una historia de tal calibre. La película lo intenta, pero no acaba de profundizar en sus personajes. Y es que cuando encaras una historia basada en hechos reales, lo peor que puede ocurrirte es que ésta no se sienta como una historia real, y eso es precisamente lo que le pasa a La chica danesa. La intención de Hooper es innegablemente buena y por supuesto la historia de Lili Elbe merecía ser contada pero, sin embargo, es inevitable acabar el visionado saboreando ese regusto tan amargo que deja una película cuando en ella se asumen pocos o ningún riesgo, cuando se siente flojear a un director que prefiere dejar la grandeza de su película a una fotografía espectacular en detrimento de un guión pobre, previsible y que prefiere jugar sobre seguro en lugar de apostar por huir de los convencionalismos ofreciendo una nueva perspectiva.

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Estamos ante una película que trata sobre transexualidad, no solo de travestismo, y en este sentido Hooper recupera y aprovecha ese aura tan pictórica que inunda la casa del matrimonio Wegener: absolutamente admirable la labor de los departamentos de maquillaje, vestuario, ambientación y decorados que hacen que todo elemento que aparece en pantalla en la cinta sea estrictamente perfecto. Por su parte, Danny Cohen hace el resto con la dirección de fotografía, y es que cada plano es una obra para enmarcar. Sería injusto no encomiar la mano de Hooper en la decisión de rodar esos primeros planos bellísimos. Como también es injusto no destacar la labor del (de nuevo magistral) Alexandre Desplat. Bajo sus notas al piano, el conjunto de la película parece crecerse y lo cierto es que la experiencia o como mínimo, el viaje en lo visual, dejando a un lado el sentimiento, se torna portentoso y, sin duda, ayuda a disimular mejor los bostezos que empiezan a aparecer a la media hora de metraje.

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Quizá porque el propio Hooper conocía tanto las carencias de su guión como las suyas propias, decidió contar para la película con una absoluta bestia de la interpretación en la actualidad. Y no hablamos de Eddie Redmayne, cuya sonrisa recatada y angelical languidece bajo la contundente sombra de su amante, compañera, amiga y consejera: Gerda Wegener, interpretada por una Alicia Vikander en estado de gracia y que aporta sin duda uno de los puntos más interesantes a La chica danesa. Gerda, tan víctima como el propio Einar/Lili, lejos de abandonar su vida e intentar seguir adelante, continuó el camino de la ya Lili Elbe hacia su cambio de sexo y es precisamente a ella, a Gerda, a Alicia Vikander, a quien más sufriremos. Quizá por la fuerza con la que aborda cada escena Vikander, quizá porque el pícaro juego de travestir a su marido lo comenzó su personaje de Gerda o quizá por algo tan simple como que Gerda realmente era feliz con su marido; lo cierto es que los gestos, las palabras y las miradas de Vikander son el verdadero drama del filme. Sin embargo, es este un drama familiar que se nos antoja insano para la película y que acaba ensombreciendo al drama que pensábamos que íbamos a ver realmente en este cuento: el de un cambio de sexo que, por desgracia, termina siendo un puñado de momentos de intensidad desmedida, previsibles y azucarados con (por si fuera poco) un climax bastante atragantado, lejos de representar con veracidad el conflicto de identidad que pretende abordar.

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El aura british y la elegancia exacerbada se palpan por doquier y, en detrimento de la película, ninguna de las dos características ayudan a contar la historia, o al menos, ESTA historia.

Tras dos horas de metraje, allá donde acaba el academicismo y empieza la locura, se atisba una sombra que saluda a lo lejos. Es la de Xavier Dolan dirigiendo Lawrence Anyways. La buena de las dos.

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