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Room: el corazón bajo cuatro paredes

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La vuelta de Lenny Abrahamson, tras la gamberra y, al mismo tiempo, inconmensurable Frank, nos redirige de nuevo a otra historia con el drama humano como principal ingrediente. Un niño cuya inocente inteligencia revisa el mundo de punta a punta y una madre que haría cualquier cosa por mantenerlo junto a ella. Aunque para ello deba tomar medidas arriesgadas.

Basada en la novela del mismo nombre de Emma Donoghue, también encargada del guión de la película, Room nos cuenta una pura y cruda historia de superación humana. En ella se nos relata la historia de Jack y su madre, Joy, que viven encerrados en el cobertizo de una casa, aislados del resto de las personas. Jack solo conoce el mundo que hay dentro de las cuatro paredes. Lo único que lo conecta con el “espacio” es una pequeña claraboya que hay en el techo. Tras siete años enclaustrada en aquella habitación, Joy decide crear un plan de huida para ella y su hijo. Sin embargo, lo complicado llega a la hora de enfrentarse al mundo real y alejarse del universo diminuto que hasta ese momento habían estado viviendo.

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Con un guión que altera todas las emociones y una cognitiva intención emotiva, Room consigue con creces llegar a lo más hondo. Una película conmovedora, dura y sensible que logra, de la forma más natural posible, mantenerte el corazón en un puño. La facilidad tan apabullante que tiene a la hora de crear las situaciones más familiares, dentro de un ambiente tan poco natural, la convierten en merecedora de los susodichos halagos. Pero no es el carácter emotivo por lo que destaca, sino más bien por la inevitable reflexión que se va deshojando, diálogo a diálogo, en torno a la propia existencia y el mundo. Todo ello a través de la pureza de un niño de cinco años que jamás lo ha conocido. Un Jacob Tremblay (Los pitufos 2) que te coge de la mano y te lleva por un camino de inocencia, desconfianza y aprensión sobre el fino miedo que toda persona tiene: lo desconocido. Junto a él, una sobresaliente y brillante Brie Larson (Infiltrados en clase, Aquí y ahora, Las vidas de Grace) que no se achanta ante uno de los papeles más complicados de toda su carrera. Ante la maleabilidad de su “hijo” con la nueva realidad, Larson nos presenta la cara de la otra moneda: la incapacidad de superar todo el tiempo perdido. Y, con ello, el presente junto a su familia.

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Acompaña a esta joya, Danny Cohen (El discurso del rey, Los miserables, This is England) con una apabullante fotografía que, al mismo tiempo, acompañada el cambio de ámbitos de los protagonistas. Sin olvidarnos también de la parte musical, en este caso de la mano de Stephen Rennicks (Frank), con unas melodías a piano que enervan hasta el alma del más duro de corazón.

En su conjunto, Room consigue trasladar una historia dramática, que bien podría haberse quedado en la lágrima fácil, pero que sin embargo motiva a la vida. La lucha por la supervivencia, dentro y fuera del cobertizo, prevalece como principal lección. De ahí la empatía que destila a cada minuto que trascurre. Y es que, aunque Abrahamson nos hable de una lucha de madre e hijo, también se aplica a los miedos naturales que tenemos cada día. Una realidad que apremia y que, siendo llevada al extremo en esta historia, nos hace ver nuestro pequeño mundo bajo cuatro paredes.

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