Crónicas de conciertos, música
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La feliz madurez de Quique González conquista Barcelona

Cuando llegamos a la Sala Apolo, el recinto estaba medio vacío. Cerca del lugar que elegimos, encontramos a un hombre que superaba con facilidad los 40 años y junto a él, dos chicos por encima de la veintena a duras penas. Los más jóvenes apuraban sus copas visiblemente excitados deseando que sus relojes marcaran las nueve de la noche para que el show estuviera a punto de comenzar. Nos dicen que son fans de nuevo cuño, que prácticamente acaban de descubrir a Quique González y a pesar de ello, ya están tan enganchados a sus canciones como para llegar a la sala con la suficiente antelación como para estar a un metro escaso del micro. Nos preguntan desde cuando seguimos a Quique. En mi caso ya son casi 13 años desde aquellas fiestas de San Isidro en las que fui a ver a Antonio Vega a la Plaza Mayor de Madrid y me encontré por sorpresa a Quique González.

Pronto se apagan las luces y no puedo explicarles que este artista que hoy entra al escenario pleno de confianza como si fuera el comisario Coleman junto a sus detectives, que se dirige al público con la cabeza bien alta y que se despide tras dos horas de concierto bailando desinhibido, hace unos años se acercaba al micro con el pelo cubriendo sus ojos, con un tono tan bajo en sus parlamentos entre canción y canción que apenas se oían en la planta de arriba de la Sala Galileo. Que ya nadie le pone la etiqueta de cantautor, porque se ha convertido en todo un frontman al mando de su banda. Tampoco les digo que la primera vez que escuchamos Kamikazes enamorados jamás imaginamos que unos años después la podría interpretar con un tempo que no fuera el registrado en la grabación del álbum. Y que Edu Ortega antes no tenia tantos problemas con el espacio del maletero de la furgoneta y que sus patillas siguen intactas tantos años después. O que, aunque Quique se ha sabido acompañar de buenos músicos, los de la vieja guardia echamos de menos a Jacob Reguilón al bajo.

quique

El bolo servía como presentación de su nuevo disco “Me mata si me necesitas y como tal, el repertorio reprodujo, en el mismo exacto orden que en el álbum, las 10 nuevas canciones publicadas recientemente e interpretadas junto a buena parte de la misma banda de la grabación (Edu Ortega, Pepo Lopez, Edu Olmedo, Boli Climent y Nina de Juan) a los que se unió el teclista David Schulthes. Sirvió también para medir el grado de impacto de las nuevas creaciones, destacando por su seguimiento Sangre en el marcador, Relámpago, La casa de mis padres y sobre todo Charo a dúo junto a Nina, que ruborizada y emocionada se vio sorprendida por la enorme aceptación de su colaboración, en la que su química con Quique es más que evidente.

Entre los dos bloques con las nuevas canciones, el setlist contenía dos segmentos temáticos. En el primero, en palabras de Quique, quiso aprovechar a su flamante banda de detectives para entonar sus canciones con más aroma a cine negro. Kid Chocolate, Donde está el dinero, Tenia que decírtelo, Tarde de Perros y la siempre imprescindible Por caminos estrechos fueron las elegidas viajando por buena parte de su discografía bajo ese hilo conductor.  Tras quitarse la gabardina de detective, vino el turno del homenaje al quince aniversario de Salitre en el que recordamos los grandes éxitos de uno de sus trabajos más reconocidos. Sonaron Crece la hierba, La ciudad del viento y Salitre. Tras esta última, bajó la mirada hacia el setlist, e improvisó sobre la marcha, llamando a Edu Ortega que había abandonado el escenario poco antes. El plan inicial era encadenar Permiso para aterrizar y Jukebox, pero nos privó de ellas para regalarnos una versión de En el disparadero. Este cambio de itinerario dejó una anécdota, ya que la armónica que suele utilizar para acompañar esta canción no estaba afinada y tuvo que prescindir de ella.

Tras el silencio inquebrantable con el que la sala acompañó los primeros acordes de La casa de mis padres, Quique y su banda abandonaron el escenario momentáneamente, para volver con un primer lote de bises compuesto por Pequeño Rock & Roll, Avenidas de mi corazón, Su día libre y la coreada Avería y redención, para volver al backstage hasta que la audiencia acumuló los aplausos y vítores necesarios para hacerles volver y despedirse con Clase media, Kamikazes enamorados y Dallas Memphis.

Quique González y sus detectives se despidieron irradiando felicidad y agradecimiento, acogiendo la ovación de un recinto abarrotado hasta la bandera. Las luces de la sala Apolo se encendieron y allí estábamos los chicos de veinte años, el hombre de 40 y tantos y yo a mis 32, con las manos rojas de aplaudir y una sonrisa de oreja a oreja.

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