Crónicas de conciertos, música
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El Palau se rinde ante la voz y la cercanía de Adele

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24 de mayo, quedaban escasos minutos para las nueve de la noche y el Palau Sant Jordi vibraba con las idas y venidas de los asistentes, corriendo para llegar a sus asientos tanto en las gradas como en la pista, equipada para la ocasión con cientos de sillas. En el escenario, colgaba un telón de dimensiones descomunales en el que se proyectaba el rostro de Adele en blanco y negro, con los ojos cerrados a la espera del inicio del espectáculo. A las nueve en punto, sonaron los acordes iniciales del single de 25 ya mundialmente famoso y los ojos de Adele se abrieron con la pronunciación de la palabra mágica: “Hello”, un saludo que resonó en todo el estadio y que desató la euforia del público barcelonés.

Y allí estaba ella, de carne y hueso, ascendiendo por la plataforma situada en el centro del estadio, entonando la canción que había enmarcado su regreso a la música después de un retiro de cuatro años. Iba ataviada con un vestido negro repleto de pedrería de diferentes colores, imitando a un cielo lleno de galaxias y constelaciones que resplandecían cuando la luz de los focos descansaba sobre ella. La cantante parecía algo nerviosa y mostró algunos problemas de respiración durante la interpretación del tema, pero cumplió con las exigencias más difíciles de la canción y pasó al escenario principal arropada por una gran ovación.

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Sin mediar palabra, Adele continuó con la siguiente canción de la setlist que claramente había seleccionado cuidadosamente para llegar al corazón de su público, al que pilló con la guardia baja cuando empezaron a sonar las notas a piano de Hometown Glory (19) y con las palabras “round your hometown”, dio paso a la proyección de imágenes de la Ciudad Condal, lo cual revolucionó a los barceloneses. Con el público ya en el bolsillo, la cantante londinense parecía más relajada y daba en el clavo en cada una de las notas, emanaba fuerza en cada movimiento de sus manos con sus ya características largas uñas postizas y moldeaba la voz a su antojo, pasando de frases delicadas a pasajes llenos de intensidad, sin crescendo mediante, sin previo aviso ni anestesia.

Así, dio paso a una grandiosa interpretación de One and Only (21). Con el fondo negro y totalmente sola en el escenario, parecíamos transportados a un club de los años 20 en los que una cantante, sin más ornamentos que su voz, nos endulzaba la noche con una de sus bellas melodías. Pero la londinense tenía una sorpresa más reservada: aprovechando el crescendo del tema, se levantó el telón y como si de un truco de magia se tratara, se reveló la pequeña orquesta y las coristas que la habían estado acompañando todo este tiempo sin que nadie se hubiera dado cuenta. Detrás de ellos, se elevaba una pantalla que mostraba el rostro de Adele en primer plano para los que tuvieran sitios más alejados del escenario. A los vítores del público, la cantante correspondió con una sonrisa y arrancó un torrente de voz lleno de confianza y seguridad, una voz que lideraba a sus músicos con orgullo y llevaba como quería la canción, haciéndola más suya que nunca.

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Después de esta demostración Adele, feliz y simpática, hizo una pausa para calmar su garganta bebiendo un poco de té con miel y dirigirse al público. Se complació al averiguar que había numerosos compatriotas entre los asistentes, ya que afirmaba echar especialmente de menos su hogar ese día. “No soy una artista de las que hacen giras, pero esta me está gustando bastante”, confesaba sonriente. Fueron numerosas las intervenciones que hizo a lo largo de todo el concierto, hablando con los asistentes como si se tratasen de buenos amigos, bromeando con ellos, deseando que se lo pasasen bien aunque no tuviera muchas canciones felices: “La verdad es que este no es un buen concierto para bailar, pero si habéis venido aquí a llorar, este es vuestro espectáculo”, decía guiñando un ojo entre risas.

En los interludios, entre anécdotas sobre clubs de estriptis y noches con demasiadas jarras de sangría, invitó a subir al escenario a alguna fan afortunada e incluso acabó bajándose ella misma del escenario para acercarse a una niña de unos siete años que le tendía desde la pista un ramo de flores; Adele, enternecida con la imagen, no se lo pensó dos veces y bajó corriendo las escaleras, pidiéndole después a la madre de la niña que les hiciera una foto y se la mandase después del concierto. Este fue el comportamiento de Adele durante todo el concierto, no el de una diva, no el de una cantante conocida mundialmente, sino el de una persona de carne y hueso que sabe lo maravilloso que puede ser conocer a tu ídolo y que se mostraba, literalmente, lo más cercana posible cuando se agachaba todo lo que podía en la plataforma central del estadio y animaba a los asistentes a hacer fotos ahora que ella salía de fondo.

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La setlist continuó, siendo los únicos puntos bajos Rumor Has It (21) y Skyfall (B.S.O. de James Bond) por algunos problemas de sonido. Destacó especialmente la sección acústica con la interpretación de Millions Years Ago (25) que hizo que el público encendiera las linternas de sus móviles y le concediera una larga ovación, lo cual sorprendió y conmovió a la cantante londinense: “¡Gracias! No esperaba esa reacción tan bonita con este tema. Esta canción la escribí un día en el que estaba sintiendo un poco de lástima de mí misma, pero mira, no sabía que serviría para que un día tuviera una reacción tan bonita en Barcelona”. Make You Feel My Love, canción original de Bob Dylan, también fue un momento especialmente emotivo, como se puede comprobar a continuación:

Aunque los platos fuertes vinieron cuando la cantante se trasladó a la plataforma central para interpretar grandes éxitos como Chasing Pavements (19), Fire To The Rain (21) (con proyección de lluvia incluida) y, por supuesto, Someone Like You (21), de la que afirmó que le había cambiado la vida y por un tiempo tuvo que dejar su sentimiento de propiedad sobre ella: “Ahora ya no es mía, es de mucha gente y cada uno la habéis hecho vuestra de una forma distinta”.

En el encore, que terminó con los asistentes que habían estado sentados en la pista, rodeando el escenario de pie por petición suya, además de varios temas del último disco, terminó el concierto por todo lo alto con Rolling In The Deep (21), claramente feliz, disfrutando con el sentimiento de satisfacción de haber hecho un buen trabajo y con una sorpresa más reservada para su público: unos cañones lanzaron lo que parecía confeti, pero que en realidad eran pequeños trozos de papel en los que ella había escrito mensajes a boli: “thanks for coming”, “all my love, Adele”, entre numerosos versos de sus canciones. Otro gesto más de acercamiento de la cantante hacia sus fans, con el que se aseguraba dar una pequeña parte de ella a cada uno de los asistentes y que se fueran con la sensación de que más que un concierto, lo que había hecho Adele esa noche era abrirles las puertas de su hogar y, durante hora y media, habían charlado, se habían echado unas risas y, por el camino, habían cantado unos temas.

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