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‘Hola, mi nombre es Doris’: Coming-of-age a los 60

Hola, mi nombre es Doris (de cuyo título -traducido-, por una vez, no tiene ninguna culpa la industria española) llega con un inminente regusto a pasado de moda, a añejo -malo-, a reliquia de la abuela, a caduco o a tostón. Y benditas sean todas las veces que el cine te sorprende con películas que auguran poco más que dos horas infinitas y que, sin embargo, terminan siendo de las más entretenidas de la semana.

La oscarizada Sally Field interpreta a Doris Miller: una solterona, sesentona, hortera, ermitaña a veces, llena de vida otras, y con un cierto síndrome de Diógenes, que vive con su gato en Nueva York, donde también se gana la vida como contable en una gran empresa. Tras la muerte de su madre, Doris comienza a buscar nuevas experiencias y empieza a sentirse atraída por un hombre de su misma empresa (Max Greenfield), mucho más joven que ella, experto en marketing y fan de la música electrónica. Sin quererlo, ambos empiezan una bonita amistad, llena de momentos dulces, cómicos y cuyo deleite sería lo más antinatural del mundo de no ser por la existencia de ese personaje tan cutre como maravilloso, tan adorable como histriónico, tan amable como un poco saturador que es Doris Miller, a la que Sally Field, dueña y señora de la obra, dota de una ternura y de una increíble veracidad que se siente en las carnes, aunque quien esté sentado en la butaca tenga 25 años.

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Porque Sally Field sabe bien que el mundo del cine -el mundo en general- es difícil laboralmente para una mujer a cierta edad, y también porque sabe que entre manos tiene un jugoso bombón, fácilmente nominable a premios. Y la verdad es que Doris Miller no podría haber caído en mejores manos. Field, con sus años, su ropa antigua y absolutamente pletórica, es capaz de levantar ella sola una película que, de otra manera, resultaría rematadamente incosistente.

Y es que Hola, mi nombre es Doris, con Sally Field haciendo que merezca la pena ver la película, no solo arranca sonrisas y carcajadas (moderadas, pero sinceras, en el caso de la que escribe) sino que, además, acompaña a hacer esa simple pero pura reflexión que es la aceptación de uno mismo, de la realidad y, sobre todo, de la edad. Abajo con la crisis de los 15, de los 30 o de los 50. Michael Showalter (Wet Hot American Summer: first day of camp) dirige un puro un coming-of-age, pero en este caso de una mujer de 60 años que, como tantas personas, se niega a aceptar una situación concreta que en última instancia no es más que LA VIDA. Una vida que pasa para todos, una vida que a veces te quita y otras… te da, te enseña, te deja escoger o te toma el pelo, pero que siempre está en continuo movimiento.

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Hola, mi nombre es Doris tiene todas las características para ser otra comedia romántica más, otra película de sobremesa, otro patinazo insufrible. Es, ciertamente, una comedia romántica y posiblemente también sea una película de sobremesa pero para nada es insufrible. La película es un incómodo como a la vez precioso y graciosísimo relato acerca de lo que significa realmente conectar con alguien, el amor y el desamor, de la adolescencia tardía y, apurando, es incluso un comiquísimo sketch de hipsterismo exacerbado. Hola, mi nombre es Doris es como explicarle a tu abuela cómo mandar un mensaje privado en Facebook: puede que no sea necesario, pero segurísimo que resulta increíblemente entretenido.

 

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