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Tributo a James Dean, el alma rebelde de Hollywood

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Sus ojos, enmarcados por unas prematuras arrugas, planteaban un desafío a todo aquel que osase mirarlos. Con su inseparable cigarrillo, James Dean sonrió mientras se ajustaba la chupa de cuero roja. Estaba sentado sobre el capó de su Porsche y su aspecto apolíneo le hacía parecer un dios en vez de un humano. Con sus jeans desgastados y su tupé perfectamente despeinado, Jimmy se había convertido en el eterno rebelde, en el sueño americano que hacía suspirar a chicas y chicos por igual. Sin quererlo, se había transformado en una estrella.

Detrás de todo eso, de los flashes de los fotógrafos, de las elegantes fiestas de Hollywood y de las carreras en deportivo, se escondía un muchacho introvertido, vulnerable y muy sensible. Se trataba de un chico sencillo nacido en una granja, un soñador que acudía a clases de ballet y tocaba el tambor, un alma incomprendida que plasmaba su rabia hacia el mundo en pequeñas esculturas de arcilla.

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James Dean, natural de Marion (Indiana), persiguió su sueño de ser actor. Primero empezó haciendo teatro en la escuela y, después, acabó perdiéndose en la noche neoyorquina hasta que le dieron algunos papeles en Broadway. Más adelante llegó Hollywood, ese universo dorado que lo encumbraría como un mito.

Al este del Edén (1955)
Tras hacer pequeñas apariciones en películas y spots televisivos, su primer gran proyecto fue ponerse en la piel de Carl Trask, el protagonista de Al este del Eden, la adaptación cinematográfica de Elia Kazan de la novela homónima de John Steinbeck. La desgarradora interpretación de Dean hizo que Hollywood se rindiera a sus pies y empezara a amarle o, mejor dicho, a obsesionarse con él.

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Rebelde sin causa (1955)
Nicholas Ray se fijó en James y apostó por él para protagonizar Rebelde sin causa, una película que se convertiría en todo un clásico juvenil. En ella vemos a Jimmy en estado puro junto a los también geniales Natalie Wood y Sal Mineo, con los que tuvo una complicidad muy especial que traspasaba las cámaras.

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Gigante (1956)
Lejos de las reyertas entre adolescentes y de los amores de instituto, James Dean se adentró en la vida campestre con Gigante. En esta obra maestra conoció a Liz Taylor, naciendo una amistad que duraría hasta su muerte.

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Tras terminar el rodaje de Gigante, James Dean se refugió en su nuevo coche, un Porsche Spyder 550. Apodado Little Bastard, este flamante deportivo color plata sería el vehículo en el que haría su último viaje. El 30 de septiembre de 1955, la vida de Jimmy se apagó en la localidad californiana de Cholame, cuando se dirigía a una carrera junto a su mecánico Rolf Wütherich. No hubo tiempo para evitar el choque; no hubo tiempo para frenar al destino.

Pero dicen que nadie muere si es recordado y, si esto es cierto, James Dean es eterno. De hecho, hasta el séptimo arte ha querido recordarle y rendirle homenaje a través de la magia del celuloide, con algunas películas con estas:

James Dean (2001)
En este biopic de Mark Rydell, James Franco se mete en la piel del actor más enigmático de la época dorada de Hollywood (y, posiblemente, de todos los tiempos). La cinta repasa acontecimientos de la vida de Dean como el rodaje de Al este del Edén o su romance con la actriz italiana Pier Angeli.

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Life (2015)
Una figura muy importante en la vida de Jimmy fue Dennis Stock, el fotógrafo que consiguió retratar su alma atormentada a través de la fotografía. Stock (Robert Pattinson) es el autor de algunas de las fotografías más icónicas del James (Dane Dehaan) y en esta película de Anton Corbijn nos adentramos en esta intensa amistad.

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Cada vez que vemos una de sus películas o de las que se inspiran en él, despertamos al James Dean que llevamos dentro. Porque, sí, todos tenemos un poco de James Dean en nuestro interior, pero no del James Dean de la mirada distante y del cigarro inagotable, sino del James Dean que ríe, llora y vive. Esa fue la rebeldía de Jimmy: vivió poco, pero vivió de verdad.

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