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¿Son las series el nuevo cine para adultos?

Últimamente, nos invade la sensación de que tenemos que despertar demasiadas veces a nuestro niño/adolescente interior para poder disfrutar de las películas que provienen de la industria gigante de Hollywood y que pueblan nuestras carteleras una y otra vez. En una vorágine de secuelas, precuelas, remakes y reboots de adaptaciones de cómics de superhéroes y sagas para adolescentes, nos preguntamos: ¿adónde ha ido el cine para adultos? Nos referimos a ese cine que relata historias para personas maduras, que tratan temas que rondan por la cabeza de una persona adulta: la soledad, la muerte, la vejez, la política, etc. y tienen personajes complejos donde los estereotipos como “el listo pero feo” o “el valiente pero tonto”, no tienen cabida. La respuesta parece clara cuando vemos un capítulo de Better Things, Mr. Robot o House of Cards, el cine para adultos ahora se realiza en las series.

No siempre fue así, antes de los noventa, las series de televisión eran un producto bastante similar al cine mainstream que podemos ver en la actualidad: productos para todos los públicos que abarcaban grandes rangos demográficos y que se centraban en dar un entretenimiento ligero, quizás cómico, algo con lo que evadirse. Era esencial, por tanto, que el espectador pudiese perderse un capítulo y pudiera reengancharse a la serie sin ningún problema. Y por supuesto, nadie se atrevía a sugerir que las series de televisión pudiesen clasificarse bajo el término “cultura”, tal y como lo hacía el séptimo arte, sino que más bien pertenecían al cajón del “entretenimiento”.

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Sin embargo, en torno a los noventa, algo empezó a cambiar en esta dinámica. Comenzaron a surgir productos como Twin Peaks o Los Soprano, series que implicaban un compromiso por parte del espectador para seguir la historia capítulo a capítulo, ya que trataban temas mucho más complejos y desarrollaban líneas narrativas mucho más elaboradas. ¿Qué había producido este cambio? El nacimiento de la cadena por cable. Como suele ocurrir, la clave en el cambio de la industria tenía tintes económicos. Los clientes de las cadenas por cable pagaban una suscripción y a cambio de ese dinero, exigían calidad. Las audiencias, tan importantes en el resto de cadenas, no importaban en estas, solo era esencial que el producto, la serie, fuera buena. Como el sabio David Lynch ha afirmado recientemente, las cadenas por cable eran las nuevas salas de arte y ensayo.

¿Y qué hace buena a una serie? Hay muchos factores en juego, pero si el guion no es bueno, poco se puede hacer. Eso hizo que la figura del guionista cobrase mucha más importancia y de ser el último mono, se empezara a hablar de una nueva figura, la del showrunner. El showrunner era el guionista que había ideado la serie y que ahora tenía el poder casi absoluto sobre todo lo que sucediese en su creación. Esto daba un empaque y una mayor coherencia a la serie como conjunto, dando obras tan memorables como Mad Men (showrunner, Matthew Weiner), con las cuales se empieza por primera vez a hablar de las series como un fenómeno cultural y no un mero entretenimiento. Y si ya las cadenas por cable producían series de calidad, sus hermanos pequeños los servicios de streaming como Amazon o Netflix, no se están quedando atrás con joyas como Transparent o Master of None. Es más, las series de streaming se llevaron gran parte de los premios en la última edición de los Emmys.

transparent-amazon

Así que mientras en el mundo seriéfilo las cifras han empezado a tener una relevancia relativa, en el cinéfilo, se sigue insistiendo en hacer el producto lo más masticado posible. Acumular dinero es lo que mueve a los estudios de cine y la forma más fácil de que una película produzca beneficios es que la pueda ver una masa demográfica tan amplia como sea posible. Esto produce que en la mente de los ejecutivos de los estudios se cree una especie de espectador medio, un ser ficticio que cual monstruo de Frankenstein, se forma a partir de pedacitos de los posibles espectadores de una película y que, como el monstruo, acaba teniendo el cerebro frito. Este espectador único y ficticio es lo que obliga a los guionistas y a los directores a edulcorar sus obras si quieren satisfacer a la bestia, sin llegar nunca a ofenderla, por supuesto. Como consecuencia, acaban llegando a la pantalla grande películas insulsas que se borrarán de nuestra memoria tan pronto como nos hayamos levantado de nuestra butaca.

true-detective-season-1

Finalmente, la última consecuencia y síntoma de la decadencia del cine ha sido la fuga de sus estrellas a la televisión. Nic Pizzolatto, showrunner de la serie True Detective, afirmaba hace dos años en una mesa redonda de The Hollywood Reporter lo siguiente:

“Está llegando a un punto en el que si los actores no quieren interpretar a superhéroes, no hay nada para ellos en el cine, así que bueno, démosles un temporada de una serie de televisión.”

 

En su caso, consiguió que los actores Woody Harrelson y Matthew McConaughey protagonizasen la primera temporada de True Detective, aunque hay todavía más actrices que actores que han pasado del cine a la televisión: Maggie Gyllenhaal (The Honourable Woman), Vera Farmiga (Bates Motel), Viola Davis (How To Get Away With Murder), Kirsten Dunst (Fargo), etc. Incluso Woody Allen ha rodado una serie con Amazon y David Lynch va a retomar su querida Twin Peaks. Cabría pensar que esta fuga de estrellas hubiera hecho que por fin los grandes ejecutivos de Hollywood hayan captado el mensaje, pero las noticias que nos llegan del futuro remake en acción real de El Rey León nos hacen pensar lo contrario.

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