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Director del mes: Hirokazu Koreeda

Vamos a contar una historia. La de toda una vida que pasa ante tus ojos, en apenas unos segundos y de la forma más aterradoramente real posible. Sin señuelos, ni engaños: así es como Hirokazu Koreeda se compromete a ser el dibujante de una realidad constante. Una expresión de la absoluta rotundidad humana. De esa naturaleza que pretendemos esconder pero que se desvela en cada ápice de nuestra personalidad con un simple gesto de la mano. Una realidad sin filtro de instagram, ni guiones forzados a esa quimera que se crece en la ficción. Porque Koreeda utiliza la naturalidad de la vida y el desarrollo natural de la misma como arma de “destrucción masiva”. Una cámara que critica los aspectos de la sociedad japonesa contemporánea, a golpe de leves detalles que se perciben como dulces picotazos, con su debida dosis de veneno.

Una carrera que comienza en un estilo más oscuro y reflexivo en torno a los sentimientos y, sobre todo el tema de la muerte. Maborosi (1995) será el primer título que de homenaje a esta etapa, aunque le seguirá tres años más tarde uno de sus primeros éxitos: After Life (1998). En ella se nos narra la historia de distintas personas que, en su camino hacia el cielo, deberán escoger un único recuerdo de su vida para llevarse para siempre.

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Aquí también introducirá uno de los aspectos que lo acompañarán el resto de su filmografía: las películas corales. De esta forma, se enriquece de una mayor cantidad de caracteres y personalidades que desenfundan la pura diversidad; hasta el punto de convertir el “grupo” en el eje principal del argumento. Este es el caso de Distance (2001), película que cierra la etapa más oscura de Koreeda.

Tras esta, le seguirá una época que dará reconocimiento internal al director fuera de fronteras japonesas y que se centrará en aspectos más críticos y cercanos al mundo terrenal. También se acompaña de un esbozo sobre la niñez y el cómo madurar antes de tiempo. En 2004, Nadie sabe revoluciona el mundo con un simple toque de realidad. Basado en casos reales ocurridos en el país, el filme se centra en cuatro hermanos que son abandonados por su madre en un pequeño piso de Tokio. El hermano mayor, de apenas 11 años, deberá convertirse en el cabeza de familia y sacar a sus hermanos adelante.

Con una delicadeza abrumadora, la película se acompaña de una poesía en imágenes que solo su director podría conseguir. Un relato desgarrador que mantiene el corazón en un puño, y que bien le ganó a su protagonista, Yùya  Yagira, el premio a Mejor Actor en Cannes.

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Durante los años próximos le seguirán algunos títulos menores como Still Waiting (2008) y Air Doll (2009), pero el círculo de “la niñez” se cierra con Kiseki (2011): la apología de dos niños aventureros que sueñan con realizar el milagro de su vida. En forma de fábula, la película da el brochetazo de oro, en una constante charla sobre los sueños.

Y por último llega la familia. El núcleo principal y más importante donde se desarrolla una persona, y la importancia que esta tiene en la sociedad japonesa. Es aquí donde se vislumbra uno de los títulos más intimistas de Koreeda: De tal padre, tal hijo (2013), donde ahonda en los lazos familiares y aquellos que son de sangre. Una disyutiva en la que se verán dos matrimonios cuando descubran que sus hijos fueron intercambiados en su nacimiento. Un elegante esbozo que gana fuerza, no tanto por lo que narra, si no por cómo lo hace.

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Con más de veinte años a sus espaldas, Kooreda se convierte en un viajero que nos transporta a su tierra. Con una narrativa lenta, la magnitud de su trabajo a la hora de plasmar lo innato, casi como si se estuviese viviendo en tiempo real. Un director cuyo recorrido demuestra la amplitud de sus miras y la profundidad de sus guiones. Porque es ahí donde nace su magia: en el detalle más insignificante, encontrarás la pieza clave que te romperá el corazón. Porque, al fin y al cabo, sus protagonistas son personas de carne y hueso que sufren y padecen. Y, como no, a todos nos gusta, de vez en cuando, que nos hagan sentir humanos.

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