cine, críticas de películas
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Toni Erdmann vs. la alienación del individuo

Era prácticamente imposible hacer oídos sordos a los gritos de una crítica entregada a Toni Edrmann tras el circuito de festivales del pasado año. Después de unos largos meses de espera, Toni ha llegado a nuestras pantallas para hipnotizarnos y descolocarnos completamente y a partes iguales. Y es que pocas veces hemos visto un film tan singular como el de Maren Ade a la hora de tratar, por un lado, la relación paternofilial y, por otro, el asfixiante sistema capitalista que confronta en varias regiones de la Europa actual.

Inés (una brillante Sandra Hüller) es una ejecutiva agresiva esclavizada (pero entregada) por su alto cargo en una empresa de consultoría internacional. Su agobiante trabajo no le permite visitar a menudo a su familia ni prácticamente soltar el teléfono cuando consigue hacerlo. Su padre, Winfried (Peter Simonischek) es un profesor de música casi jubilado, aficionado a las bromas, y sin demasiadas expectativas en un futuro próximo. El opuesto estilo y nivel de vida de ambos, les impide tener una relación estrecha hasta que Winfried, en medio de una crisis por la muerte de su perro, decide pasar unas vacaciones visitando a su pequeña y no tan inaccesible hija. Tras la negativa de Inés de pasar más tiempo al lado de un padre entrometido y adorablemente plasta, Winfried decide crear un personaje, Toni Erdmann, y disfrazarse (el disfraz consiste en una disparatada peluca más falsa que Judas y la dentadura postiza de Austin Powers) para perseguir literalmente a su hija donde quiera que vaya.

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La posición social de ambos protagonistas le dan cancha a Ade para, además de explorar el choque capitalista y la deshumanización de unos trabajadores sometidos, hacer lo propio con el vacío emocional, el significado real del éxito, la pérdida y la importancia de las pequeñas cosas. Todo esto orquesta el significado de por qué Toni Erdmann es la película europea por excelencia. Y es que, en un alarde de valentía, Maren Ade ha conseguido todo aquello con lo que muchos sueñan: encontrar el equilibrio entre el drama que supone una situación social desquiciante, y una comedia de lo absurdo llevada al extremo.

Porque Toni Erdmann no es una cosa u otra, es todas. Toni Erdmann es a la vez tensa y tierna, dulce y agria. Y lo cierto es que Ade no se molesta demasiado en “querer entretener” a su público, por ello prolonga los largos planos, sigue a sus actores casi a golpe de improvisación de sus movimientos y consigue, además, que toda la película tenga un aura indescriptible a caballo entre lo desagradable y lo adorable. Los dos actores protagonistas no le quitan mérito a la directora, aunque ambos sean extremadamente brillantes en sus difíciles interpretaciones llenas de matices, de espejismos y de los dolorosos restos, apenas perceptibles, de lo que un día fue esa relación padre-hija. Especial mención a la escena de la “revelación” (por ponerle un nombre) de Inés.

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Toni Erdmann clama directamente a los sentimientos, a los miedos de “convertirse en” y a la posible pérdida de una inocencia que jamás debería escaparse del todo. Nos habla del pasado, del presente en el que vivimos y del futuro que les espera a todos aquellos que no tengan a un Toni Erdmann cerca.

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