relatos sonoros
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The Night We Met

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Sábado noche. Interior de un bar cuyo nombre nunca recordarás. Fuera el frío sigue paseándose entre las calles y se cierne sobre una noche que parece que va a romper a llorar. Con la tensión natural de unas miradas púberes de conocimiento mutuo. La electricidad de un roce casual que se desvincula en buscar razones para volver a tocarlo. Las preguntas que vuelan a duelo, con aquella preocupación palpable de no parecer lo suficientemente loca; para al final descubrir que ambos compartís la misma camisa de fuerza.

Por eso te importa tan poco que fuera se desate el diluvio universal, aunque no hayas traído paraguas. Porque sabes que estás ante un montón de primeras veces sin opción de devolución.

Que caprichoso puede llegar a ser el mundo a veces, ¿verdad?

Aquella persona capaz de desmontar todas tus defensas a golpe de risas. Asaltar y desmantelar aquel mundo que te habías creado bajo la burbuja de tu autoprotección. Y qué demonios, por algo hacía tiempo que la puerta había sido cerrada y la llave tirada al vacío. Pero había que desvelar y dejar salir a los fantasmas. Una siempre es experta en saber cuando le van a terminar haciendo daño y aún así ser capaz de tirarse al vacío. 

Las horas se convierten en días, los días en semanas y los meses transcurren sin ningún remordimiento; donde empiezan a parecer lejanos aquellos recuerdos de la noche en que nos conocimos. Hasta que un día el destino decide hacer “crac” y remover todo el mundo que hasta ahora se mantenía en estado de permanencia. Alguien aprieta el botón de “stand by”; todo a tu alrededor parece ir a cámara lenta y tu te sientas ante un precipicio inesperado, sin camino de vuelta. Sin poder respirar, porque siempre has evitado este tipo de alturas. 

Y es entonces, ante la nada, cuando te da por pensar en lo jodida que es la vida. Qué rabia y qué mierda, que el karma solo parezca salir siempre a pagar. Pero sobre todo, qué pena que aquella primera sonrisa ahora se haya convertido en nada. El vacío de aquellos momentos que pudiste haber vivido y se escapan entre las telarañas del “y si”. Dos palabras que solo saben hacer herida.

Una cicatriz que duele a tiempo y a aquella maldita tormenta de sábado noche.

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