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Echar el ancla en Tierra Firme

Algo tiene Carlos Marqués-Marcet que le hace transformar las historias más cotidianas y sencillas en algo único y tremendamente emocional. Tras demostrar su amplio talento con una ópera prima redonda llamada 10.000 km, el director catalán vuelve a la gran pantalla recuperando de nuevo a los dos pilares de aquella historia de amor y desamor a ambos lados del charco: Natalia Tena y David Verdaguer, dos actores que parecen tener un ángel doblemente enorme cuando están juntos, sea o no revueltos. A ellos dos, se suman una madre y una hija en la realidad y la ficción: Oona Chaplin y Geraldine Chaplin. Ellas dos terminan de conformar el elenco de esta historia que no necesita más personajes ni más escenarios que un barco para ser absolutamente encantadora y abrumadora.

Tierra Firme

El director escribe y dirige con extremo mimo la historia de Eva y Kat, una pareja homosexual que vive afincada en un bohemio barco anclado en los canales londinenses. Eva y Kat viven aparentemente felices a pesar de la muerte de su gato Chorizo, hasta que el sentimiento maternal de Eva se ve exponencialmente aumentado con la llegada al barco del mejor amigo de Kat, Roger, un catalán payaso y encantador que de alguna manera podría ser esa persona idónea para ayudar a la gestación del ansiado hijo para Eva, aunque no tan ansiado para Kat.

No es sorpresa que el director barcelonés siga explorando, como en su primera película, las relaciones humanas. Algo tan básico y algo a la vez tan complejo. Algo que hemos visto incontables veces en la gran y en la pequeña pantalla y, obviamente, algo con lo que lidiamos diariamente en nuestras vidas. Esas mismas relaciones de las que parece que todo el mundo sabe y habla, pero que en el fondo solo unos pocos aprenden a entender a lo largo de su existencia.

Tierra Firme

Carlos Marqués-Marcet se acerca en esta ocasión a la tristeza más profunda que se puede sentir, de una manera tan íntima y realista que duele. El mimo que hay en cada palabra, en cada mirada y en cada silencio de la película se palpa desde el minuto uno y a ello se suma que la química entre sus tres personajes protagonistas es ridículamente magistral. Parte de esa química (y mucha base de escritura por parte de Marqués-Marcet) nos han dejado uno de los pasajes más desternillantes -de los que también está inundada la película- del cine español de este año: la inolvidable escena del piano y el gato Chorizo.

Con la complicada premisa que supone poner sobre la mesa desde el primer minuto esa conversación tan temida para algunas parejas, Marqués-Marcet nos invita a una reflexión de peso, y lo hace además con una metáfora increíblemente bonita: echar el ancla en tierra firme y buscar la madurez o seguir para siempre en un idílico barco tambaleante, reflejo de la precariedad laboral y de una vida bohemia para la que no todo el mundo está preparado.

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