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‘La última bandera’: humanismo forzado y trastabillado

La última bandera es una adaptación (de cuyo guión se encarga Richard Linklater) de la novela de Darryl Ponicsan Last Flag Flying, secuela de The Last Detail también llevada al cine en 1973 por Hal Ashby. La cinta nos sitúa en el año 2003, con el 11-S en la memoria reciente de Norteamérica y la entrada de las tropas estadounidenses en Irak ante una sociedad con sed de una venganza vacía y confusa. La historia sigue a tres excombatientes de Vietnam en un viaje en el que compartirán recuerdos y desacuerdos.

El guión es correcto aunque no llegues a creer ni empatizar del todo con algunas partes. La comedia funciona bien. El uso de la música, como de costumbre en su filmografía, está integrada con mucha naturalidad. El manejo de la cámara es suave y fluido. El reparto está más que acertado con un Bryan Cranston (Breaking Bad, Trumbo) descomunal, como nos tiene acostumbrados. Un Steve Carell (The Office, Virgen a los 40) introspectivo y contenido que como ya nos demostró en Foxcatcher, cada vez le sientan mejor los roles dramáticos. Y un veterano Laurence Fishburne (Matrix, Mystic River) que cumple con su papel de sacerdote con cojera. Los tres bordan sus papeles llenos de conflictos internos dotando a cada uno de matices muy diferentes entre sí. Vías de escape construidas a través de los traumas de la guerra. A destacar la secuencia del tren, en la que confluyen todas las virtudes que hacen grande a Linklater. Entonces, si todo está bien, ¿cuál es el problema de esta película?.

Linklater es un maestro captando la esencia de los placeres efímeros y cotidianos del día a día. Nos los muestra a través de un “filtro” romántico tan bello y nostálgico que abruma. Transforma la vida en un maravilloso desastre y en esta cinta encontramos a ese director desinhibido y existencial. Sin embargo, en La última bandera ese “filtro” pierde sutileza y el tono dramático de la película se ve forzado. El viaje emocional por el que intenta llevar al espectador es irregular cayendo en situaciones que nos sacan de la trama. Una trama que por otra parte trata un discurso patriótico-bélico bastante trillado.

Lo cierto es que Linklater no es un director que destaque expresamente en ningún apartado. Sin embargo, normalmente consigue en sus películas un equilibrio creativo y narrativo casi armonioso de todo el conjunto y ese equilibrio no se aprecia en esta cinta, cuyo metraje es excesivo y perjudica el resultado final. La cinta carece de esa magia minimalista de Linklater que hace de alguna de sus películas una experiencia en la que te sumerges con una facilidad pasmosa.

En definitiva, es una película agradable aunque regular, pero que rezuma esa sensibilidad que hace de Linklater uno de los mejores directores de la actualidad.

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