Crónicas de conciertos, música
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Jake Bugg enamora a la sala Apolo de Barcelona

La noche del pasado 2 de febrero Jake Bugg entró en el escenario de la sala Apolo con paso decidido. Vestido totalmente de negro, se sentó en la silla de madera que le aguardaba y sin pensárselo dos veces empezó a tocar las primeras notas de Heart That Strains, tema que da título a su último disco. Lanzado al mercado hace apenas cinco meses, nos muestra su lado más clásico e intimista, con colaboraciones de artistas como Dan Auerbach (cantante de The Black Keys) o Noah Cyrus. Ninguno de ellos ni cualquier otro músico le acompañaba esa noche en el escenario, pero eso poco importó.

Y es que a este inglés de 23 años poco más le hace falta para hipnotizar al público que su voz y una guitarra. No en vano al publicar su primer disco muchos se apresuraron a anunciarlo como el hijo ilegítimo de Bob Dylan (el primero, el de las canciones protesta). Y aunque él, como su ídolo, se haya empeñado en desquitarse de esas etiquetas de cantautor, lo cierto es que en este concierto acústico demostró que esta es la faceta que mejor le sienta, la que hace que su talento brille más.

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Fotografía de Alicia Germán Díaz

Su maestría a la guitarra resultó indudable con títulos como Trouble Town, Bigger Than Us o Slumville Sunrise, donde parecía una máquina desbocada que avanzara sin piedad, capaz de tocar con la energía de tres guitarristas sin perder una gota de precisión, y en apenas una milésima de segundo pasar a puntear con el más delicado de los mimos. Un verdadero don en el que Bugg confía en sus momentos de inseguridad.

Porque lejos de mostrarse apático, confesó que estaba nervioso nada más empezar el concierto mientras le daba un trago a su gin and tonic, más adelante bromeó con el público por no poder llegar bien a las notas agudas en uno de los temas, y posteriormente se disculpó avergonzado cuando se le resbalaron algunas de las palabras de There’s A Beast Inside And We All Feed It. Tres fallos puntuales en la hora y media de concierto, que más que empeorar su actuación, nos hizo ver que también es humano y consiguió que empatizara más con el público si cabe.

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Fotografía de Alicia Germán Díaz

Una audiencia que no dudó en gritar títulos a diestro y siniestro cuando Bugg se atrevió a dejar caer de forma casual que si alguien quería oír alguna canción en especial, podía tocarla. La respuesta enfurecida del público provocó una sonrisa incrédula del inglés, que se quedó atónito al oír entre el griterío Love Me The Way You Do: “Madre mía, esa ni siquiera está publicada en ningún disco, no sé si me voy a acordar de la letra”, afirmaba mientras rebuscaba las notas en las cuerdas de la guitarra para después proceder a cumplir los deseos del respetable. Tras varias ovaciones de la sala, Bugg confesaba: “Yo también me lo estoy pasando bien aunque sea inglés y no se me note”.

Debería llevarse una mención especial la interpretación de Broken (de su disco Jake Bugg, 2012), capaz de llevar al silencio más sepulcral a ese público tan agitado y que probó que Bugg también sabe mostrarse completamente vulnerable cuando toca. Una faceta más que añadir a un artista que durante su concierto se mostró virtuoso, jocoso, maduro, pero también algo tímido, una mezcla que enamoraría al más gélido de los públicos. Como nota final, y mientras se despedía con una gran sonrisa, dejó que resonase por el hilo musical el estribillo y reflejo de los pensamientos de muchos de los asistentes, What A Man (de Linda Lyndell).

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