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Americana Film Fest: vol II. Cuestión de tiempo

Siempre hay un día en todos los festivales que pareces haber escogido películas que, pese a su temática diferente, parecen llevarte en una misma dirección. Es el caso de tres de las películas de las que vengo a hablar hoy; películas que sin duda pueden parecer más polos opuestos en un principio, pero de las que acabas por extraer discursos ciertamente similares sobre la vida y cómo afrontar ciertas situaciones o, sobre todo, cómo afrontar ciertas etapas de la vida y el paso del tiempo.

LEMON

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He de confesar que no esperaba encontrarme una película como esta en un festival como el Americana. Aún no he conseguido descifrar si Lemon es una obra maestra o todo lo contrario, pero puedo afirmar y afirmo que hoy no puedo dejar de recordar las palabras de presentación de la película en la sala: “al principio no entenderéis nada de lo que está pasando, no sabréis si es una comedia…o no…se oirá alguna risa perdida en la sala… pero dejad pasar los días, porque es una película que crece con el paso del tiempo”. Y tenían razón.

Lo difícil del primer largometraje de Janicza Bravo es sin duda entrar al trapo con su extravagancia. Y es que la vida de Isaac (un espléndido Brett Gelman) básicamente no nos interesa absolutamente nada. Isaac es un hombre raro, el típico freak pasado de vueltas, antipático y soberbio, al que su novia de toda la vida deja tras una época de hastío profundo. El fracaso personal y profesional de Isaac (es un director de teatro venido a menos), nos introduce en una comedia de lo absurdo donde lo único que importa es Isaac y cómo él interactúa con la sociedad y con los elementos que le rodean. El hundimiento constante de Isaac se hace fuerte conforme avanzan los minutos de metraje consiguiendo, al final, que esas risas contenidas (contenidas por vergüenza ajena, temor a reírte cuando no toca, no entendimiento o directamente, pena) del público, acaben estallando sin remedio en una escena final que resulta ser lo más infantil y patético que he visto en una pantalla de cine en eones.

La vida de Isaac comienza y termina en el mismo punto de no retorno. En esa línea finísima entre la comedia y el drama absoluto. En ese momento en el que el sonido del motor del coche hace que creas que sí que arranca, pero finalmente te quedas tirado. Lemon es la película de lo infinitamente lamentable. Lo que la hace enorme es que no hay muchas películas que se atrevan a retratarlo con tan poco filtro.

PATTI CAKE$

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Patricia Dombrowski es una joven que vive en los suburbios de Nueva Jersey; la vida no le sonríe en ninguno de los sentidos y tan solo puede confiar en su amigo Jehri. Sufre bullying por parte de los demás chicos del barrio, su madre es alcohólica y su abuela es la única persona en el mundo que confía en que ella algún día será una superestrella del rap. Killa P. (así se hace llamar profesionalmente Patricia) escribe los mejores versos de rap del barrio, pero su físico no le ayuda en su particular búsqueda de la felicidad: a pesar de que ella parece estar conforme con su cuerpo, nadie cree que una mujer así pueda tener algo que decir.

El debut cinematográfico de Geremy Jasper (dirige y escribe) no podría haber caído en mejor momento. Y es que Patti Cake$ es toda una oda a esas luchadoras que se levantan pese a cualquier cosa. Patricia Dombrowski es una de tantas mujeres que, aunque maltratadas por la vida, saben que no se puede vivir en el pasado y que siempre hay que seguir avanzando. Una de esas mujeres que, pese a bajar la cabeza en ciertos momentos, creen en sí mismas y no se rinden. Y aunque Patti Cake$ esté excesivamente edulcorada en su tramo final, no deja de ser una film tremendamente disfrutable y bien escrito, con una Danielle MacDonald y una Bridget Everett que brillan con luz propia y un temazo (PBNJ) que bien merece que todo el mundo vaya a ver la película solamente por ver la secuencia en la que surge la canción.

LUCKY

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Un anciano vive solo en su casa en medio de un páramo desértico. Se levanta cada día hacia la misma hora y realiza su ritual de aseo, cinco ejercicios de yoga y taza de café; fuma como un empedernido mientras mira los concursos de la tele o hace crucigramas del periódico y solo conserva leche en su nevera. Se hace llamar Lucky, y es conocido por todos los lugareños como una persona árida (como el lugar en el que vive) pero, sin embargo, adorable. Lucky parece estar cansado de la vida hasta que, curiosamente, le dicen que su vida puede estar llegando a su fin: es una persona de avanzada edad, y lo cierto es que nadie gana a la batalla de la vida. En ese momento, Lucky comenzará a sentirse inquieto ante la posibilidad de que sus días pueden estar acabándose.

Creo firmemente que es imposible ver la película de John Carroll Lynch sin pensar constantemente en alguno de nuestros mayores más cercanos, sin pensar en ese momento de decadencia que se ve automáticamente reflejado en sus ojos cuando algo no va todo lo bien que debería. John Carroll Lynch consigue introducirnos en ese reflejo sin grandes florituras, mostrándonos simplemente a un hombre en su cotidianidad, frente a los colegas que le rodean y mirando cara a cara al resto de su vida.

No existen los clichés en Lucky, no existe la manipulación emotiva y tampoco una tristeza intrínseca en el personaje protagonista. Si bien existe la desesperanza, el tedio o aburrimiento de la edad, todo ello existe desde el inicio de la cinta. Lucky es así en esencia y, frente a todo pronóstico, la escena final es un rayo de sol frente a un fin que se nos antoja más próximo de lo que nos gustaría: Lucky, frente a un cactus quemado y azotado por la vida, aprecia cómo, allí arriba en uno de sus brazos, aún crecen las flores. ¿Cómo vamos a enfrentar la muerte, entonces?, se pregunta. Pues como todo en la vida: con una sonrisa. Y no creo que quepa hacer un homenaje mayor que Lucky a la sonrisa inmortal de Harry Dean Stanton.

INGRID GOES WEST

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Llevamos toda una vida viendo cómo Aubrey Plaza escoge papeles pasados de vueltas, personajes locos de atar, freaks, alienígenas, gente que, suponemos, le debe venir al dedo. Pues bien, le toca el turno a Ingrid Thornburn, una jovencita huérfana a quien su madre deja 60.000 dólares en herencia y que no puede vivir sin redes sociales. Especialmente Instagram. Ingrid conoce la existencia de Taylor Sloane (Elisabeth Olsen), otra joven con millones de seguidores en esta red social, y decide trasladarse a Los Ángeles para forzar la suerte y hacerse su amiga.

Ingrid goes west nos habla, por una parte, de todo eso que sabemos los que compartimos parte de nuestra vida en las redes sociales: lo que se ve y la realidad, nada tienen que ver. Bien es cierto que hay ciertos perfiles que complacen más este hecho, pero lo cierto es que casi todos pecamos de compartir esa felicidad exacerbada que fingimos tener habitualmente. Por otra parte, la película de Matt Spicer nos traslada a los peligros que puede acarrear Internet y las redes sociales: el acoso está allí a la orden del día y, además, más fácil que nunca encontrar a una persona o seguir sus pasos mediante las redes.

Ingrid goes west es una crítica al hashtag y a la mentira desmesurada en redes. Una sátira dirigida expresamente al público más joven que conseguirá, con algo de suerte, abrirle los ojos a más de uno.

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