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D’A 2018 día 2: Entre niebla, luces y blanco y negro

Abordamos la siguiente crónica del Festival de Cine de Autor de Barcelona con tres títulos que ensalzan la grandeza del cine, cada uno a su manera. Los internacionales Guy Maddin y Phillippe Garrel, y la gallega afincada en Barcelona Diana Toucedo son hoy nuestros protagonistas.

THE GREEN FOG

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Hablar de Guy Maddin y de su cine significa hablar de “experiencia” mucho más que de cualquier otra cosa. El director, junto a los codirectores Galen Johnson y Eva Johnson, consigue en su último título The Green Fog toda una proeza digna de admiración. Y es que revisitar un gran clásico del cine es algo a lo que no cualquiera se aventuraría, pero mucho menos de la manera en la que Maddin nos presenta aquel título emblemático del cine de suspense al que no solo vuelve Maddin para homenajear a su manera, sino también para cambiar de género cinematográfico y convertirlo en, básicamente, una comedia en toda regla.

Con la mirada fija en -la cinematográficamente mítica- San Francisco y tras el visionado de más de 200 películas, Maddin y los Johnson consiguen articular un discurso plenamente coherente mediante el corte a corte de unos 40 títulos de la historia del cine. Unos títulos que, más allá de ser obras más o menos épicas o reconocibles por el gran público, les sirven como elemento guía para su narración fílmica: ni más ni menos que el Vértigo de Hitchcock.

Por descontado no es el Vertigo que todos conocemos, ni mucho menos, pero tampoco le quita mérito al metraje en cuestión. Desde la primera escena Maddin deja claro que sus intenciones son otras y, tendremos que echarle algo de imaginación al asunto, pero reírnos nos reiremos un rato. Y es que la estructura general que adopta The green fog pasa por recortar casi la totalidad de los diálogos de las películas que conforman el título final. Así, podemos encontrar míticas escenas de películas clásicas y más modernas con toda la conversación que allí acontece recortada por completo. Esto se traduce en un sin fin de gestos, caídas de ojos, movimientos de cabeza y gruñidos ininteligibles de los personajes que dan como resultado una comedia rematadamente desternillante de una hora.

Desde Star Trek, hasta The Game, pasando por Godzilla o Harry el sucio, el espectador más hábil podrá identificar unos 40 títulos que parecen perseguirse unos a los otros. Películas dentro de pantallas en otras películas, pilares de nuestra memoria que parecen superponerse y hasta algún contenido directo al corazón de los fans de las ‘boybands’. Algunos, pasarán la proyección entre la impotente risa ante lo absurdo, pero todos lo harán con la certeza de la grandísima labor de montaje y, sobre todo, de documentación que hay detrás de esta pieza totalmente única a la que esa niebla verde parece dotar de personalidad y vida por sí misma.

TRINTA LUMES

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Y de pieza única, a otra que tampoco se queda atrás. Más de 6 años desde la primera vez que visitó la zona gallega en la que se rodó la película (O Courel), Diana Toucedo ha conseguido armar su segundo largometraje a golpe de misticismo y tradición.

Trinta Lumes se levanta sobre dos grandes pilares híbridos. Por un lado, casi a modo documental, la directora gallega filma los quehaceres de una pequeña aldea perdida de Galicia. Una aldea en la que prácticamente no vive nadie, una aldea que mantiene sus costumbres, sus tradiciones y su gente de siempre; una aldea que, de alguna manera, intenta vencer a una muerte que quiere asomar de lejos, entre los ladrillos de las casas, en cada vecino que huye de aquellas calles solitarias y de aquellas montañas perdidas para buscar una vida más cómoda en la ciudad. Una muerte que, frente a todo pronóstico, aún se antoja un tanto lejana, pues quienes habitan en el pueblo se niegan a dejarlo morir. En El Courel las personas parecen vivir en un tiempo ajeno al tiempo mismo, paralizados en una especie de limbo tras el que se esconde un mundo mágico que, algunos, son capaces de percibir.

Ese mundo místico, mágico y lleno de memorias colectivas de este lugar perdido en las montañas, es precisamente la otra parte de la narración en la que Toucedo nos adentra. Alba, una joven habitante de la zona, comienza el relato descubriéndose ante el espectador. Ella es capaz de sentir a los muertos, de verlos, de comunicarse con ellos. A través de ella descubriremos esa parte de la sierra gallega que el documental no ha podido mostrarnos, una parte mística, etérea, invisible… y a la vez casi palpable.

El relato de Diana Toucedo combina a la perfección esos elementos sobrenaturales con la propia naturaleza del paisaje y de la población que lo habita. Sus personajes físicos transitan por un mundo casi fantasmagórico, repleto de ecos del pasado y de entes invisibles que dotan de un alma única a todo lo que rodean. Una fotografía y un sonido en estado de gracia completan esa esencia -y esa ausencia- tan presente durante el relato. Un relato que acaba por convertirse en la propia fábula que la voz en off nos narra desde el inicio de la cinta y que es otra de tantas voces que no oímos pero sí atisbamos a ver a través de las rocas del Val das Mouras.

AMANTE POR UN DIA

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Cuando uno ve Amante por un día le sobrevienen pensamientos encontrados. Estamos ante una narración que describe varias de las cosas que -personalmente- intentaría evitar a toda costa en una relación y, sin embargo, es imposible dejar de lado la empatía.

Phillippe Garrel nos introduce en el pequeño piso de Gilles, un profesor de universidad cuya hija (Jeanne) decide volver a casa tras ser abandonada por su pareja. Una vez allí, descubre que su padre mantiene una relación con una joven de su misma y corta edad. Ambas mujeres tienen muchas cosas en común y comienzan una relación de amistad, cuyos baches pasarán por hacer que Jeanne se recupere de su ruptura reciente.

En un exquisito 35mm, blanco y negro, Phillipe Garrel aborda en Amante por un día la complejidad de las relaciones, de juventud y de ese amor loco que todos hemos sentido alguna vez. Ese amor que nos confunde, y que es tan volátil como valioso en el instante en que ocurre. Un amor que, aunque a veces resulte ser algo irreal o utópico, siempre es el resultado de la naturalidad en su máxima expresión. No en vano, Garrel, analiza en cada plano las expresiones y gestos de, sobre todo, sus dos protagonistas femeninas (la magia y la belleza que poseen es abrumadora) responsables del 80 % del metraje y del peso de la historia. A través de sus ojos, París se convierte en una ciudad totalmente nueva, antigua, incluso fea; definitivamente en algo bien diferente a lo que estamos acostumbrados a ver. A través de sus ojos también, asistimos a una lucha sobre el amor y su fragilidad por culpa de los celos y la desconfianza.

Garrel interpela al espectador poniendo sobre la mesa varias decisiones cuestionables. Mientras tanto nosotros callamos y otorgamos, porque sí, todos hemos tenido 20 años una vez.

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