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Director del mes: Terry Gilliam

Esta más presente en nuestro mundo de lo que pensamos, y lo ha estado durante mucho tiempo. En cierto modo, padre de la comedia contemporánea, que tira a lo absurdo; todo un elemento capaz de dirigir tus emociones hacia el camino que él quiera decidir. Terry Gilliam lleva las cosas a su terreno. A pesar de la maldición que le ha perseguido la última década, su filmografía habla por si sola; por la versatilidad y capacidad de adaptarse. Pero, especialmente, por convertir, todo lo que toca en puros clásicos de obligado visionado de todo género viviente.

Su primera incursión en la dirección tiene lugar en uno de los clásicos de la comedia contemporánea, también por formar parte de un grupo icónico: los Monty Python. Junto a su compañero de batallas, Terry Jones, el director se embarcará en uno de los mayores éxitos que encumbraron al susodicho elenco. Así, Los caballeros de la mesa cuadrada (1975) se convertirá en una parodia sobre el mito del Santo Grial, que al mismo tiempo servirá como una crítica sagaz a los estereotipos de la novela caballeresca. Un título que encumbra el género de la comedia y que, a pesar del estilo de humor absurdo, resulta desternillante para todo aquel que lo ve.

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Pasarán los años donde Gilliam continúe por este camino con otras películas como El sentido de la vida (1983), Brazil (1985) y Las aventuras del barón Munchausen (1989), aunque la irrupción en los años 90 le dará una nueva visión del mundo y, con ello, un intento dentro del drama más clásico. La primera será El rey pescador (1991), la historia sobre un locutor de radio que debe sobrevivir a su propia crisis existencial. En ella, no solo nos encontramos un elenco brillante (Robin Williams, Jeff Bridges, Amanda Plummer) sino que se puede disfrutar de una sensibilidad que hasta el momento se desconocía.

Una película inspiradora que ensalza la vida que uno mismo quiere; el sentirte agradecido con aquello que nos rodea y el aprender a eliminar la neblina para realmente ver todo lo bueno que uno tiene. Así, se abrirá camino hacia otra pieza que se ha convertido en clásico dentro del cine independiente y que, en este caso, se sumerge en la depresión más profunda.

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En 1998 tiene lugar el estreno de Miedo y asco en Las Vegas, la representación audiovisual de la novela de Hunter S. Thompson, y que se basa en las verdaderas vivencias de este periodista en la ciudad del pecado.

A pesar de ser bastante criticada en su momento, el título ha ido macerando poco a poco su significado, convirtiéndose en la actualidad en una de esas locuras que solo Gilliam podría hacer. Rozando el humor negro, el filme se adentra en los oscuros mundos de la droga y el sexo, sin pelos en la lengua y con un mensaje bastante impactante que planta la semilla de la consciencia. Otra master piece  dentro de su filmografía que secundan la genialidad de su dirección cinematográfica.

Llega la “última etapa” antes de convertirse en un director maldito. En este caso, el nuevo siglo le conllevará un giro de 180º hacia un género más fantástico, manteniendo detalles de sus anteriores trabajos, especialmente en el terreno estético. El secreto de los Hermanos Grimm (2005) supondrá una revisión de los cuentos clásicos en un ambiente mucho más adulto y reconstruyendo aquello que los libros infantiles han dejado fuera de la historia. El qué ocurre después de que el “The End” pase a primer plano.

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Con El imaginario del Doctor Parnassus, estrenada en 2009, se quedará la marca de la tragedia tras la muerte de Heath Ledger en mitad de la grabación del título, hecho que hizo que el director tuviera que cambiar, no solo al personaje, sino también el guión y enfoque de la película. Además de conocerse por ser uno de los últimos títulos en los que el actor estuvo trabajando en pantalla. Su último adiós al mundo cinematográfico.

De esta forma, se recompone un camino brillante sobre la carrera de Terry Gilliam que ha culminado con la leyenda de lo que ha sido su “película maldita”, la cual le ha costado 13 años grabar y cuyos acontecimientos se han convertido en casi una leyenda del cine; casi a la altura de la que se ha escrito sobre él mismo. Un artista que se ha hecho a sí mismo y que, a pesar de la evolución de su cine, ha mantenido la esencia patente de su personalidad. Una que arraiga con todo y que engancha hasta límites insospechados.

Un tipo de carácter del que solo pueden alardear los genios.

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