Crónicas de conciertos, música
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Nunatak y un directo de altura en Madrid

Un nunatak es un pico solitario rodeado de hielo que sobresale en medio de la nada. Sin embargo, ese destacado aislamiento sirve para proteger la flora y la fauna del lugar. De este modo, este emplazamiento, aparentemente inhóspito, se convierte en un acogedor refugio natural. Pues bien, la música de Nunatak es ese oasis de vida en medio del desierto. Una bocanada de esperanza que, en forma de canciones, nos brinda una brillante segunda oportunidad.

Bajo estas premisas y tras actuar en un buen número de festivales, el pasado sábado los chicos de Nunatak aterrizaban en la sala El Sol de Madrid para desplegar toda su artillería sonora. Y es que, con las composiciones de su tercer LP, Nunatak y el tiempo de los valientes, en la maleta, los músicos acaban de iniciar una intensa gira que pasará por diferentes salas de la geografía española.

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Foto: Marta Soro

Así, sobre las 22.00 horas de la noche, las puertas de la madrileña sala El Sol se abrían para recibir al numeroso público que hacía cola en la calle Jardines y que llenaría el céntrico local de la capital. Poco después, todas y todos los presentes iban tomando posiciones hasta completar el aforo del lugar. De esta manera, con una sala repleta de almas expectantes, los murcianos saltaban al escenario y arrancaban el espectáculo con la energía de Nadie nos va a salvar y los contundentes ritmos de Bestias sedientas. Un trepidante pistoletazo de salida que sirvió para caldear el ambiente rápidamente.

En el siguiente tramo del directo, viajamos al pasado con tres canciones pertenecientes a discos anteriores a Nunatak y el tiempo de los valientes: Luz en su voz (Nunatak y las luces del bosque), Después de todo (Nunatak y el pulso infinito) y Soy viento, soy fuego (Nunatak y las luces de bosque). Pero esta no sería la única incursión en el pasado de la banda. De hecho, de un modo equilibrado, los artistas intercalaron canciones nuevas con otras más antiguas. Un ameno repertorio que incluyó unos cuantos himnos, alguna que otra sorpresa y algún momento rebosante de emotividad.

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Foto: Marta Soro

Lo cierto es que en el escenario de la sala El Sol se había organizado una auténtica fiesta musical. Una celebración que dio lugar a una poderosa descarga de electricidad. Las buenas vibraciones se extendían desde las tablas hasta la pista y la cálida cercanía de los músicos creaba una confortable atmósfera de diversión. Estábamos ante seis artistas incombustibles disfrutando de lo lindo sobre el escenario. Asimismo, a lo largo de la actuación, los sonidos de los múltiples instrumentos utilizados se iban entremezclando hábilmente e iban generando un atractivo cóctel sonoro que conseguía conquistar los oídos de una audiencia entregada a la causa.

“Esta canción se la dedicamos a todas las mujeres valientes”, comentaba Adrián en la presentación de la siguiente canción del set list. Hablamos de El tiempo de los valientes. Precisamente, esta vibrante composición daba paso a otros dos temas de reciente creación. Entonces, los alegres versos de A miles de kilómetros nos envolvían con sus luminosos estribillos y las estrofas de Disonancia perfecta nos encaminaban, poco a poco, hacia el ecuador del concierto.

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Foto: Marta Soro

A continuación, llegaba el turno de El pulso infinito y Adrián, entre sonrisas, explicaba que es una canción que solo pueden tocar en salas porque tiene un carácter intimista que encaja mejor en este tipo de entornos. Tras esta bella ejecución sonora, la banda nos sorprendía con una apasionada versión de Total eclipse of the heart. Un conocido hit de Bonnie Tyler que fue acogido con los brazos abiertos y coreado con entusiasmo por el público.

Acercándonos a la parte final del show, los músicos decidían bajar del escenario. De tal forma que, con la colaboración de la gente, el grupo se situó entre la multitud. Desde esta nueva ubicación, y colocados en círculo, los artistas nos deleitaron con la interpretación de Solos y Nubes. Dos composiciones que fueron cantadas sin micro, entre el público y en medio de un inusual silencio.

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Foto: Marta Soro

Con la emoción flotando en el aire,  los miembros de la banda volvían a sus puestos. Una vez recuperadas las posiciones originales, comenzaron a sonar las primeras notas de El grito. Y de nuevo desde las tablas, la canción despegaba con fuerza e invitaba a bailar al personal.

Posteriormente, Adrián tocaba en solitario el inicio de La primera luz“Mi canción favorita de Nunatak y el pulso infinito”, contaba el vocalista antes de comenzar a cantar. Sin embargo, en seguida los demás integrantes del grupo volvían a sumarse a la actuación para continuar tocando la melodía en todo su esplendor. En este punto, la banda desaparecía y el escenario se quedaba vacío durante unos instantes. Esta breve pausa nos indicaba que la despedida estaba a la vuelta de la esquina.

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Foto: Marta Soro

Finalmente, los músicos hacían acto de presencia para cerrar la velada a lo grande. Sigues en pie, Aún respira y Romper el cielo desataban la euforia colectiva. Un explosivo colofón que hizo cantar a viva voz y moverse al compás de las contagiosas melodías a toda la sala. Así, con este último chute de energía, terminaba una noche en la que los chicos de Nunatak desplegaron elegantemente sus alas para hacernos volar muy alto.

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