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Director del mes: Mamoru Hosoda

¿Cómo se puede hacer posible reflejar los pensamientos, miedos y realidades de la niñez y la adolescencia? ¿Cuál es el camino intermedio? Mamoru Hosoda, con cámara en mano, se encarga de construir el camino que transcurre entre ambas etapas y que tan aterradoras son. De esta forma, bajo la mirada de la fantasía y la ciencia ficción, se convierte en dibujante de una realidad paralela que resguarda a los que siempre han estado un poco perdidos o, simplemente, han sido diferentes.

Su primer gran éxito llega de la mano de su segunda incursión en la gran pantalla: La chica que saltaba a través del tiempo (2006). En ellos, Hosoda mezclará dos elementos que se convertirán en pilares principales de sus narrativas: la juventud/adolescencia como una etapa entrañable, donde descubrirse a uno mismo; y el planteamiento de un mundo donde suceden cosas extraordinarias (fuera de la realidad), llevados con una naturalidad apabullante.

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La película le granjeó un primer reconocimiento como Mejor Película de Animación en el Festival de Sitges y alguna que otra distinción especial; pero sobre todo consiguió dar las primeras pinceladas a una estela sobre la que continuar su camino. Y así se demostrará con su próximo título, tres años más tarde. Summer Wars (2009).

A pesar de su poco reconocimiento en Europa, la peli se granjeó una gran cantidad de críticas positivas entre el público japonés, que esperaba expectante esta historia sobre un joven que se ve involucrado en un mundo del que se ha escapado una “peligrosa” Inteligencia Artificial. Tan interesante, como loca, esta producción cinematográfica se convierte en uno de los títulos más dispares de la filmografía de su autor.

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De esta forma, llegamos al año 2012, con el estreno del título más intimista del profesional: Wolf Children. Una narrativa que conmueve el corazón y que nos plantea los dilemas sobre ser diferente ante el mundo y la importancia que se le da el querer o no encajar en él. Se plantea así el título más dramático construido por Hosoda y que, al mismo tiempo, a pesar de narrar la historia de dos niños pequeños, resulta el planteamiento más adulto, casi como un reflejo de la madurez de su trabajo.

La vuelta a un tono más “infantil” tendrá lugar con El niño y la bestia (2015), con tintes que recuerdan al mismísimo Miyazaki. Bajo la premisa de un niño que se inmiscuye en un mundo mágico, se transfigura todo un filme de aventuras, que retomará los orígenes; continuando aún así con lo que Makoto siempre ha intentado acentuar a lo largo de toda su trayectoria: no importa lo que seas ni de donde vengas. Lo que es importante es a dónde quieres llegar.

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