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BONDiNG: una botella maravillosa para una bebida un poco rancia

BONDiNG es… malilla. No hay otra forma de describirla. No hay cualidades que la rediman a nivel narrativo. Puede ser entretenida a ratos, pero le cuesta encontrar un tono en el que se sienta cómoda y una única personalidad para sus personajes, que oscilan entre la confianza absoluta y la ansiedad debilitante. Sin embargo, el formato es un avance interesante para Netflix, más parecido a Youtube que a la televisión.

Pero bueno, vamos por partes. BONDiNG es una serie de seis capítulos de unos quince minutos, es decir, poco más de una hora y media de serie. En ella, Pete (Brendan Scannell), un chico gay y aspirante a comediante de stand-up, es convencido por su ex-mejor amiga del instituto, Tiffany (Zoe Levin), para que sea su asistente. Y es que ella compagina sus estudios de psicología con su trabajo como dominatrix. A lo largo de una hora y media, vamos descubriendo a los personajes, su relación y cómo se ayudan entre ellos para superar sus miedos. Todo envuelto en un filme muy de comedia romántica (aunque el creador, Rightor Doyle, apela a inspiraciones como Almodóvar) e increíblemente problemático.

Es cierto que personalmente a veces peco de ser muy purista con las series. Los personajes, especialmente los personajes pertenecientes a minorías, deberían poder ser “problemáticos”, tener sus propias ideas y cometer errores. Vale. Además, la serie está supuestamente basada en la experiencia del creador que, efectivamente, fue asistente de una amiga dominatrix hace veinte años en Nueva York. Y creo que ahí radica parte del problema con esta serie.

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Su visión del trabajo sexual, de los homosexuales, de las relaciones entre hombres y mujeres, parecen anticuadas. Hay chistes sobre los gays que ya me hubiesen parecido rancios si los hubieran hecho sobre Mauri de Aquí no hay quien viva en 2003 y para ser un creador “obsesionado con crear personajes femeninos” (como puso en su Instagram por el estreno) la serie no pasa el basiquísimo test Bechdel.

Otro de los delatores de esa visión anticuada es el estatus que tiene ser dominatrix frente a otras formas de trabajo sexual. Se insiste varias veces en que lo que hace Tiffany no es ser “prostituta”, ella es “dominatrix” y no tiene sexo con los clientes. Sin embargo, vemos que realiza trabajo sexual y estando mínimante informado de las corrientes de pensamiento acerca de la prostitución de los últimos veinte años (como debería estarlo Tiffany, siendo estudiante de psicología, trabajadora sexual y estar repasando intensamente a lo largo de la serie dos panfletos que dicen “Género” y “Sexismo”) debería saber que la pirámide del trabajo sexual que coloca en la base a las prostitutas de calle y en el top a las escorts de lujo es perjudicial para todos.

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Ella: estudia lo que es el sexismo

La serie dice ser de comedia, pero no hace mucha gracia. Hay un par de momentos buenos, pero las personalidades de los personajes no son lo bastante consistentes como para que sea efectivo. El tono oscila del drama al humor, sin dejar espacio por el medio. En un momento, vemos un poco de comedia de stand-up de la que solo tres chistes hacen gracia, a pesar de ver a los personajes riéndose como si fueran jubilados en un monólogo de Leo Harlem. Por otra parte, la gran mayoría de los gags visuales son los protagonistas vestidos de arriba a abajo en látex fetichista en situaciones normales. Las primeras cinco veces tiene gracia, para ser justos.

El personaje principal, Pete, no consigue decidir si es tímido o seguro, si es gracioso o inhibido, introvertido o extrovertido. Tiffany, en cambio, se enroca en una postura que según avanza la serie la convierte en un arquetipo más que una persona. Y para ser una serie sobre fetiches sexuales, los personajes se mojan muy poco. La serie se presenta como revolucionaria, pero por supuesto que los personajes principales no disfrutan de esas perversiones, ¡para nada! No obtienen placer siendo dominantes o sumisos, y los clientes son personajes patéticos que merecen compasión porque es evidente que les pasa algo “raro”.

¿De verdad eso es revolucionario? Es evidente que los protagonistas no tienen por qué sentir nada por sus clientes, es un trabajo más, pero hasta ellos desprecian esa forma de vida y no parecen comprender lo que hay detrás. Es más, ese tipo de trabajo acaba siendo presentado como una especie de terapia para gente con problemas. ¿Entendemos entonces que estas personas pueden ser “curadas” y disfrutar del sexo “normal”?

A pesar de ser deficiente en el aspecto narrativo, el formato es interesante. Recuerda a los antiguos vídeos de Youtube y a las webseries de poco presupuesto, pero con acabado pulido, de las que podías verte tres temporadas en una tarde. El formato de 15 minutos hace que no puedas ver solo un capítulo seguido si estás en casa, pero los hace muy conveniente para el transporte (y el visionado de Netflix en móvil ha subido muchísimo). Los capítulos tienen la estructura suficiente para sostenerse solos, pero forman un todo concreto con el resto. Es una película que puedes ver cómodamente en una tarde sin que se haga pesada, dividirla en dos si no te apetece verla de una sentada o en cuatro días en el metro.

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El creador es Rightor Doyle, actor y director novel con esta pieza. Tenía cierta experiencia como escritor, pero no mucha. Como hombre gay, ha hablado de querer crear personajes queer y mujeres fuertes tanto en entrevistas como en sus propias publicaciones. Sin embargo, esto parece insincero. Tal vez podamos achacar la falta de profundidad de los personajes femeninos a su inexperiencia como director (nadie nace aprendido), pero para escribir es necesario tener consciencia de uno mismo.

Pensar que es revolucionario en 2019 escribir una serie sobre una dominatrix que no se considera prostituta y un chico gay que sin embargo está muy preocupado por ser homonormativo no es ser consciente. Tal vez solo sea yo, cansada de ver relatos sobre mujeres a través de una óptica masculina. ¿Por qué el creador no fue valiente y cambió la narrativa tan “Pretty Woman” que tiene la serie? ¿Por qué, a pesar de basarlo en sus experiencias, no experimentó más con lo surrealista, con situaciones más exageradas o revirtió los roles?

BONDiNG se puede ver en Netflix y a mí me puedes encontrar en @lazycriis si quieres decirme que te pareció maravillosa. Quedamos en el patio con látigos.

3 Comments

  1. Gondisalvo says

    Lo que comentas de seguir la moda puede no ser malo, si la moda, mola…es por hacer una frase corta y original.. Es lo que suele hacer Almodovar en sus peliculas. Bonita o bella y efectiva fotografia, buena “dirección artistica” (sin que sepa, yo, muy bien que es lo que abarca ese termino ) y sin embargo insustanciales peliculas.. según mi opinión, of course.

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  2. Gondisalvo says

    La vi hace unos dias, entera. Si no recuerdo mal , son 7 episodios de duración media 15 mins.por episodio,aprox.La vi del tirón, como si fuese una pelicula. Aceptable, buena fotogrfia y un poco inocua, si. Para pasar el rato sin mayor pretensión, supongo. Sin haber leido nada previamente, me atrajo la fotografia, el color,y al ponerla me vi ,tumbado en el sofá, tragandomela a ver si pasaba algo notable o dramatico o muy gracioso. pero no, no pasó nada mas que el tiempo y me entretuvo. Salud.

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