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‘The Lobster’: ¿una deshumanización muy humana del amor?

Puede parecer una locura pensar que la imagen que se creó Yorgos Lanthimos sobre cómo funciona el amor, o más bien las relaciones en su conjunto, sea cada vez más cercana. ¿Qué nos obliga a emparejarnos? ¿A comportarnos para hacerlo como tal? ¿Realmente nos emparejamos bajo nuestra propia libertad o hay un sistema detrás que nos alude a ello?

Pensar de esta forma es una locura, pero parece que la ida de olla que supuso The Lobster en su estreno en 2015, no fuera una propia metáfora sobre en lo que se puede convertir el amor en una sociedad mecanizada, rápida y “eficaz”, que solo busca el beneficio económico general, nunca el individual. Porque, sí: tu felicidad profunda e interior ya no importa; formamos parte de una sociedad.

Escena camino a la “caza” con gran parte del elenco protagonista.

La historia detrás del “romance”

Sin embargo, antes de plantearnos ahondar en las críticas o enseñanzas que Lanthimos quiere enseñarnos en su película, debemos retroceder al argumento. La historia empieza con David (Colin Farrell) que, obligado por las leyes de este futuro distópico en el que vive, le toca ir a un hotel para encontrar pareja antes de 45 días. ¿Qué ocurre si no lo hace? Que se convertirá en el animal que él elija.

Sí, exactamente lo que estás pensando: toda una locura. Sin embargo, bajo todo este sinsentido, se enconde un significado mucho más profundo que empieza desde los propios escenarios en los que converge toda la acción. Hotel contra bosque. Una simbiosis de la lucha entre “lo establecido” y la libertad; la sociedad que te indica, de forma cuadriculada, todo lo que tienes que hacer para supuestamente ser feliz, contra lo que tú realmente quieres hacer para conseguirlo.

El significado del entorno: libertad VS sociedad

¿Qué ocurre en el hotel? Todos los elementos que lo conforman dan la sensación de felicidad y relajación (hotel de lujo, comidas copiosas, opción de piscina y spa…) pero al mismo tiempo de encarcelamiento y agobio (prohibición de salir del lugar, control máximo de los individuos). Es decir, el hotel se convierte al mismo tiempo en la única vía de encontrar lo que “está bien” pero que resulta una obligación para las personas. Como un pájaro que está enjaulado y al que obligan a cantar y hacer trucos de forma diaria.

Escena de una de las partes de acción dentro del hotel (mejor no preguntes…).

Y de hecho, hay diversos detalles que reflejan este ambiente hermético, que simula la perfección. Al llegar al registro, David debe rellenar un cuestionario sobre las preferencias de su pareja. “¿Heterosexual u homosexual”, le preguntan. “Heterosexual”, responde él, “pero una vez en la universidad… hubo un caso”. ¡MEC! Este detalle no tiene espacio. Tiene que ser o A o B, o blanco o negro. Pero nunca puede haber un elemento intermedio. Porque todo está establecido y el hecho de escoger algo que se encuentre fuera de ello, te hace ser diferente. Y no es lo que la sociedad de Yorgos quiere.

Mientras, en el bosque se construye la “libertad” porque ahí convergen dos tipos de personas: los que no han conseguido el objetivo y se han convertido en animales; y, por otro lado, los rebeldes que han conseguido escapar del “Gran Hermano del amor” y crear su propio grupo en contra. ¿Es acaso perfecto este segundo escenario? Tampoco, porque durante el desarrollo del filme, se nos muestra como los animales son cazados por aquellos que quieren buscar el amor (¿una referencia a “matar” a los fracasados solteros, quizá, porque una sociedad solo de solteros no vale nada?) y por tanto se les deshumaniza hasta el punto de ser una mera caza de divertimento.

Sumado a esto, contamos con el grupo de “radicales”, que cuentan con un sistema de organización muy estricto y que bien podría parecer más un tipo de sistema autoritario, en parte con pensamientos muy contrarios al del hotel, pero también con reglas estrictas y que todas juegan en contra del amor y de enamorarse.

Por supuesto, la estética y los escenarios acompañan a la perfección esta comparativa: todos con un cierto “filtro frío”, el hotel es cuadriculado, ordenado y limpio, al contrario que el bosque, que está atestado, es verde y el caos y desorden desbordan por cada una de las esquinas.

Escena de David y La Mujer dentro de El Bosque en un supuesto momento libre.

‘The Lobster’: un reflejo de la realidad actual

En resumen, The Lobster nos demuestra algo que se puede aplicar a día de hoy: y es que… el mundo no está hecho para los solteros. Puede ser una conclusión muy general y banal, pero no se queda solo aquí. En el mundo hiperconectado y capitalista que vivimos, es más difícil que nunca conectar con nadie. Se tiene esa necesidad acuciante de tener una pareja a tu lado cueste lo que cueste porque si no, “no encajas en lo que tiene que ser”: pareja, casa, trabajo, familia, hijos, etc.

Y, de hecho, conforme vas creciendo y madurando, vas viendo como todo tu entorno se amolda a este precepto y que te vas quedando fuera. Solo, aislado y obligado a seguir los mismos patrones. Y todo aquel que rechaza quedarse fuera, es tachado por la sociedad de que no está bien.

Por eso mismo, el papel tan brillante que hace Colin Farrel en esta película hace que al mismo tiempo rías y llores por todo lo que está viviendo David. Te queda una sensación amarga y acuciante en el corazón, porque, en cierto modo, todos hemos sido David en algún punto de nuestras vidas. Presionados a hacer lo que todos estaban esperando que hicieras. Y es algo que Yorgos Lanthimos ha sabido contar (a su loca manera, como siempre hace). De ahí la magia y magnitud de esta película que se basa en algo que está tan manido como es el amor y las relaciones.

Porque no existe al parecer un mundo sin amor. O más bien, no existe una forma mejor creada de deshumanizar el amor que la que hemos creado los propios humanos. Aquella en la que buscar a tu media naranja se convierta en una necesidad y no en una forma de complementar tu propia libertad y felicidad. Y si no… siempre podrás terminar convertido en LANGOSTA.

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