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‘La Ciudad de las Fieras’: el luto a través de la música y la familia

Otra de las películas que nos ha resultado un éxito del cartel a Sección Oficial es la del realizador colombiano Henry Rincón. Este cineasta escribe y dirige su segundo largometraje, tras Pasos de héroe, con el que retoma su característica visión sobre la juventud y la vida social en la urbe colombiana.

El film narra la historia de Tato (Bryan Córdoba), un joven caleño de 17 años que después de la muerte de su madre ha de enfrentarse a un mundo rodeado de violencia y pobreza. Acompañado de sus amigos Pitu y La Crespa, ligado a su pasión por las batallas de rap y con la aparición repentina de su abuelo desaparecido, Tato regresará a sus raíces campesinas, a la par que intenta comprender su antigua vida, desolada tras su reciente orfandad.

Es por ello que la principal línea intencional de Henry se dirige como una conversación pendiente que quedó tras la muerte de su abuelo. El cineasta afirmó en el pase de prensa que el film es completamente autobiográfico, y que parte del intimismo que rezuma la obra pertenece a esta gran sensibilidad que le aporta la melancolía de las palabras que no pudo compartir él.

Es decir, la relación de Tato con su su abuelo (Oscar Atehortúa) es la relación que quedó eclipsada por la muerte de su antecesor en la vida real. Y es aquí donde, si acostumbramos a ver coming-of-age latinoamericanas que expresan brutalmente la marginalidad de los barrios de Colombia, se encuentra la sensibilidad propia de alguien que quiere afrontar las cosas de otro modo, sin dejar de lado la existencia de los problemas que continúan estando ahí.

En este caso, el cineasta se ubicó en el rap y encontró en Bryan Córdoba, rapero conocido en el mundo del freestyle, una forma de compartir su idea de cómo la música había sido, en gran parte, catalizadora del fin de muchos conflictos callejeros. Con ello, Bryan fue contratado en su primera experiencia actoral, mientras que Henry ganó una perspectiva joven que se alejara de todos esos clichés pandilleros expuestos en otras películas.

Es así que podemos ver como la música es el principal móvil narrativo de esta obra y de sus contrastes. Sí, hablando de contraposiciones, exponiendo a la familia que se elige y a la que escoges, o enfrentando el entorno urbanita y lo rústico. La película fluctúa entre claros y oscuros a lo largo de sus 98 minutos. Su fotografía tan intensa y suave acompaña a este grado de melancolía, que compagina con el hip-hop, la música tradicional de Colombia y la orquesta clásica. Esta película, en todos sus departamentos, traza un camino de idas y venidas, siendo fiel a una dualidad narrativa bien diferenciada.

Quizás lo que más enamora de este largometraje es entras predispuesto a ver violencia y sangre a borbotones (a lo que nos tiene acostumbrados el drama social crudo) y acabas cerciorándote de un mundo de reconexión delicado y completamente abierto a otro tipo de sensaciones más sutiles y sensibles.

Todo ello con el punto importantísimo de su BSO ya que, parafraseando a Henry,: «La música es otro personaje más, vemos como no sólo aúna a los jóvenes en una amistad perpetua, sino que también reconecta a estos mismos con su pasado». Una experiencia sensorial inaudita, venida de la conexión iberoamericana en el Festival de Málaga. Otra exquisitez que muestra el buen nivel de cine latinoamericano.

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