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Atlàntida Film Festival 2022: del luto familiar al análisis exhaustivo de un homicida

Seguimos con nuestra crónica del Atlàntida Film Festival en su duodécima edición. En esta tercera semana —acudiendo a Filmin como si fuera misa— hemos comprobado que con sus estrenos finales, el evento se solidifica como el más definido a la hora de describir su registro de películas.

Con la llegada al catálogo de películas como She Will (Charlotte Colbert, 2021) —una de las cintas más prometedoras del nuevo cine de terror británico— o Kung Fu Zohra (Mabrouk El Mechri, 2021) —una más que controvertida cinta que recomendamos a pie juntillas— se establece una ventana donde entra todo tipo de cine, pero nada convencional.

Y es que entrar en cada película que te propone el festival mallorquín es una experiencia única en sentido fílmico —no quizás en el entretenimiento, para eso existen otros tipos—, pues su propuesta autoral abarca dos vertientes claves para su éxito: el alcance, que llega a casa de películas procedentes de todo tipo de países —nunca en mi vida me planteé ver una película croata o de Moldavia—; y el descubrimiento, es decir, conocer situaciones que pueden darse en un lugar en específico, pero que no por ello son únicas de este. En el Atlàntida encontramos universalidad aunada a la variabilidad de temas que le conciernen.

Tanto es así que de las cuatro recomendaciones que traemos hoy para vosotros, pasamos de hablar de un tierno —pero doloroso— drama familiar marroquí, a la crónica de un asesinato que consternó a Francia —para que veáis que la versatilidad es completamente posible—.

La vida me sienta bien: cuando el dolor llega

Sayyid El Alami en su rol protagónico como hijo de Fouad.

Una de las obras más inesperadas que ha llegado hasta nosotros ha sido La vida me sienta bien (Al Hadi Ulad-Mohand, 2021). Esta ópera prima del director marroquí se ubica en los 90 y nos cuenta la historia de Fouad (Samir Guesmi) —reconocido actor que pudimos ver en la serie El Colapso—, un electricista y padre de tres hijos al que le detectan ua enfermedad neurológica. Un padecimiento que va a lastrar la maravillosa relación de una familia que, pese a las circunstancias precarias que les rodean, se muestra unida y perfecta.

Encantador el inicio de este director marroquí que se abalanza como uno de los mejores descubrimientos de la parrilla con una obra que si bien peca de ser naif en su montaje —punto más que débil ya que hace que la verosimilitud se fragmente— tiene intenciones más que interesantes en su narrativa y su simbolismo. Su nivel de representación tanto abstracta como mundana define una amalgama de buenos conceptos y de la exposición correcta de estos mismos; aunque no quita su ejercicio técnico tambaleante, quizás, por la falta de experiencia en este campo.

Como se puede intuir ya con su sinopsis y sus primeras escenas, estamos ante el principal dramón de la edición, así que preparad vuestro arsenal de clínex porque se vienen lágrimas. Pero no os preocupéis, a veces las películas tristes y desoladoras son las que mejor hablan de lo bello que es vivir, y a este director parece que al contrario que a Zemeckis —al que la muerte le sentaba tan bien—: la vida le sienta bastante bien.

Pequeño cuerpo: el vacío de una madre

Con una de las escenas visuales más potentes en su preludio, la obra de Laura Samani rezuma una piedad que conecta hasta la médula con el espectador

Y ya prometemos que después de esta recomendación dejamos aparcadas las tristezas, pero no se nos podía pasar recomendar otra ópera prima con una potencia descomunal —sí, este año están resultando ser las ganadoras—. De la mano de Laura Samani recibimos Pequeño cuerpo, una muy triste obra que nos sitúa en Italia a principios del siglo XX.

Ágata (Celeste Cescutti) es una joven que pierde a su bebé en el parto. Ágata sabe que al no ser bautizado su pequeño está destinado al Limbo, es así que se por una vecina descubre que al norte existe un lugar donde a los bebés se les da un último aliento de vida para poder descansar en paz. Es por ello que, tomando a su hija en una caja, la joven marcha a la desolación absoluta con tal de encontrar dicho sitio.

Naturalmente, cuando hablamos de potencia en un largometraje exigimos que desde el minuto uno nos tenga encapsulados en su magnetismo y en el caso de Pequeño cuerpo, con ese prefacio en forma de rito de nacimiento, las voces de las mujeres del pueblo se unen para abrir una puerta hacia lo místico. La necesidad de este ascetismo visual y narrativo es particularmente necesaria para darle el tono espiritual que posee la obra. Ya que la búsqueda de ese Nirvana para esta madre se encuentra en el descanso de su bebé en la vida eterna del catolicismo.

De las obras más densas y pesadas del Atlàntida, hay que sacar un poco de estómago para verla y más si eres una persona que empatiza fácilmente. Aunque créeme, por ver uno de los finales más bonitos y catárticos del cine, el camino hacia las fronteras del Limbo merecen la pena.

The Staffroom: el arduo mundo de la orientación educativa

Con una interpretación brillante de Marina Redžepović, este largometraje pondrá a prueba los espectadores y a su capacidad de soportar el peso de un nefasto sistema educativo

Desde Croacia llega a nuestros hogares lo nuevo de Sonja Tarokic: The Staffroom. Siendo uno de los largometrajes más especiales de la sección Controversia dentro de este Atlàntida, en esta historia encontramos a una orientadora educativa que ha sido recién trasladada a una escuela un tanto peculiar. Y es que la relación tanto con alumnos insensibilizados, como los choques con padres enfurecidos y la desprotección por parte del claustro de profesores y la directora del colegio, hacen de su situación una quimera de ansiedad y estrés cuya solución se encuentra en la paciencia de esta profesional, interpretada por Marina Redžepović.

Paciencia es la que los espectadores —o al menos en mi caso— es también lo que tienen que entrenar y llevar al límite al ver este largometraje. Pues si ya de por sí la situación en la que se encuentra su protagonista nos pone los nervios de punta, es más que eso. La exponencia que supone el nivel de ansiedad elevado a una cámara en mano que no para quieta un momento, que sigue tan de cerca a los personajes que no te deja espacio vital y que, encima, no tiene un orden ni una concordancia en su montaje; producen en el espectador una sensación irreal de que aunque lo que vean sólo sea ficción, pueden atravesar la pantalla y sentirse en el el pellejo de la pobre psicóloga educativa.

Y es que poco se habla de estas figuras tan relevantes en el desarrollo de nuestro sistema. Poco se menciona también la cantidad de problemas que este mismo sistema educativo posee ante las adversidades, las cuales son creadas por unas ineptitudes que no se derraman en una catástrofe gracias a dicha profesión y a dichas personas que sostienen ese gran jarrón para que no vuelque. Una de las película más interesantes y recomendables de esta edición —siempre que tengáis una paciencia desorbitada—.

Bruno Reidal: Confesión de un asesino: el testimonio que lo cambió todo

Historia narrada como una confesión real que marcó a la historia de la psiquiatría por sus resultados y modificó el paradigma de estudio

Si en el anterior artículo de esta crónica mencionábamos que el terror se elevaba a la exponencia de una película basada en un telefilme de Stephen King, quizás podríamos ver la siguiente historia como un cuento de terror del mismo autor, pero no es así, estamos ante un hecho real.

La historia del homicidio perpetrado por Bruno Reidal sucedió en la localidad francesa de Cantal, en 1905. Con una escena del crimen con ensañamiento, la película explora el interrogatorio que ejercieron una serie de psiquiatras al asesino, cuyo registro fue tomado por Vincent Le Port para escribir el guion de este largometraje.

Un caso que significó el cambio en el paradigma psiquiátrico europeo hasta la fecha, pues fue uno de los primeros casos en los que se exploró el porqué de la psicosis y se atribuyeron bastantes estudios ligados a su causa. En cuanto al apartado fílmico, Bruno Reidal: Confesión de un asesino se muestra como un thriller que juega en todo momento con la mente del espectador. Un camino donde se encuentran una serie de piedras que quizás no justifiquen el hecho en sí, pero sí muestran un porqué para su ejecución.

Con unos recursos escuetos o tímidos en cuanto a su nivel visual, encontramos el mayor fuerte de lo nuevo de Le Port en su característica forma de narrar. Pues dentro de su ficción cabe la comprensión y el entendimiento ante un suceso que no debería tener ninguno de estos dos aspectos. Pero entrar en la mente de un asesino a veces implica eso, entender que en la búsqueda de los porqués en los hechos más cruentos, la respuesta se esconde en una mente humana y un contexto social que al final es nuestro pan de cada día.

Y con esto llegamos al final de esta segunda crónica del Atlàntida Mallorca Film Festival en su duodécima edición. No os perdáis nuestro último artículo la semana que viene con su cierre, así como los resultados del palmarés.

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