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Ghost in the Shell: Acción real con alma

Una maligna Inteligencia Artificial intenta anular los avances de Hanka Robotics en el campo de la cibertecnología. En su contra, una ciborg, The Major (Scarlett Johansson), de cuerpo robótico y mente humana, intentará acabar con el hacker perseguida por la constante crisis de identidad que le provocan sus cada vez más constantes residuos humanos.

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Quizá el año 2029 (año en el que transcurre la historia original) no nos parezca ahora tan lejano. Poco más que una década nos separa ahora de aquella lejanía que suponía el primer vistazo audiovisual a Ghost in the Shell en 1995 de la mano de Mamoru Oshii. Aquella obra, basada en la historia del cómic de Masamune Shirow, desplegaba ante los ojos de una, todavía inexperta digital juventud, un mundo casi paralelo en el que prácticamente todo podía suceder con la facilidad de conectarse un cable al cuello. Era una etapa de incertidumbre digital donde el límite de la tecnología tenía un tope aparente, a pesar de su constante e imparable evolución. Hoy, tras años de puertas aparentemente imposibles abriéndose ante nuestros ojos, sabemos que el mundo digital es infinito. Y también que Ghost in the Shell escondía, entonces, un significado mucho más complejo de lo que se podía apreciar a simple vista.

Y es que en una época en la que todos vivimos conectados a las redes (como muestra literalmente Ghost in the Shell) es posible que la idea principal del film hoy no cause un impacto tal como en su día causo el cómic de Shirow, o la obra de animación dirigida por Oshii en el año 1995. Pero lo cierto es que Ghost in the Shell es una película plenamente autoconsciente del mundo en el que vive, y sobre todo una película que no pretende ser mejor que su predecesora, ni tampoco mejor que su homóloga escrita. Sin embargo, sí es una película que sabe jugar muy bien con los entresijos de aquello de lo que precisamente habla en esencia: hasta dónde puede llegar la tecnología.

No hay duda de que, en cuanto a forma, nos encontramos ante una de las obras con más CGI nunca vistas; de alguna manera Ghost in the Shell se aprovecha de sus orígenes y de su esencia guionística para darse forma a base de ordenador y de efectos non-stop. No podía ser de otra manera. Tras un perfecto batiburrillo de carteles luminosos, rascacielos y trajes especiales (o espaciales) que da para perder horas y horas desengranando cada plano, se esconde un mundo construido en su totalidad desde un ordenador. Todos los inputs visuales que forman parte del complicado engranaje de la película no buscan sino ofrecer la posibilidad de entrar directamente en el 2029 y su avanzada realidad. Ni sabemos en qué ciudad está sitiada nuestra querida Scarlett Johannson (The Major), ni tampoco nos importa, la verdad. Bien podría ser Tokyo, o quizá Hong Kong. Qué más da.

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Por otra parte, en un sentido más puramente narrativo, la historia transcurre por unos derroteros ya bastante trillados; y es que hoy por hoy la conexión digital está tan extendida que lo impensable es que alguien no tenga un dispositivo en su poder (o diez) conectados a la red. Además, la memoria fílmica responsable de representar estos temas en los últimos años se ha ido incrementando sin descanso. Sin embargo, creo firmemente que Ghost in the Shell es de esas películas que hay que ver desde la barrera de un contexto determinado.

Hay que verla con un ojo antes de Blade Runner, Matrix, Black Mirror, y tantas otras obras que nos hablaron de un futuro tecnológico abocado al abismo, de la pérdida inevitable de identidad y de los saltos evolutivos que nos escupen a la cara con auténtico terror. El remake dirigido por Rupert Sanders con su toque moderno y su montaje significativamente distinto al del film original, puede resultar innecesario para algunos. Los más puristas posiblemente no recibirán esta película con los brazos abiertos aunque para la que escribe salte a la vista que las cuestiones que planteó Shirow en su día siguen más a la orden del día que nunca. Además, el remake es de calidad mayúscula y aporta cosas nuevas tanto a la historia como a los personajes, dicho sea de paso.

GHOST IN THE SHELL

¿Cuál es el precio de vivir en un mundo de datos? ¿Hasta dónde podemos llegar a conectarnos sin perder nuestra esencia?  ¿Existe un límite moral en el mundo digital? Ya no existe novedad en ninguno de los dilemas planteados por Shirow y más tarde por Oshii. Y a la vez, como decimos, son cuestiones de arrebatadora actualidad. Porque sí, es totalmente cierto que vivimos hipnotizados, impotentes ante un mundo de absoluta conexión. Por reducir la cuestión a su mínima esencia, resultamos patéticamente melancólicos ante la belleza que solíamos encontrar en las cosas más cotidianas, o en los paisajes que simplemente permanecían en nuestra memoría, y no en una cuenta de Instagram.

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